Por Ivabelle Arroyo

Me tocó vivirlo desde Guanajuato. No el operativo, claro está, sino el ruido:  la avalancha de mensajes, audios reenviados, imágenes falsas alarmistas, el cierre de negocios, las calles vacías, la gente asustada. 

El golpe contra uno de los narcotraficantes más poderosos del mundo —o, como ha señalado el periodista Óscar Balderas, quizá el más poderoso— desató reacciones criminales en todo el país y en el mundo digital, un caos informativo. En cuestión de horas circularon toques de queda falsos, rumores de incendios en universidades y alertas sin sustento que provocaron cierre de negocios, pérdidas millonarias y episodios de histeria colectiva. En Guanajuato pude confirmar con autoridades el desarrollo de los hechos: antes de las 14:00 horas ya se habían controlado los múltiples incidentes registrados en 23 de los 46 municipios del estado (¡nada menos!) y no había ningún episodio activo ni se registró ningún otro evento. Las carreteras estuvieron siempre libres pero el efecto psicológico fue profundo: el crimen organizado activó el miedo como mecanismo de control y la burra no era arisca: la gente prefiere ser prudente y con razón. Los medios íbamos lentos y los fakers iban a la velocidad de la luz. Además, la cantidad y dispersión de los eventos mostraron algo que incomoda reconocer: los mandos del cártel están por todos lados,  la penetración territorial es amplia. No es una estructura rígida que cae con un solo golpe. Es una red pero hay que decir que el descabezamiento es histórico.

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