Por Jimena de Gortari Ludlow
2026 nos encontrará cansados. No lo digo con dramatismo: lo digo desde la experiencia íntima y cotidiana de vivir en un país donde todo ocurre a gran velocidad, a gran volumen y sin un respiro. El cansancio ya no es solo personal; es una atmósfera. Una piel que compartimos. Una emoción política que se cuela por las rendijas de la vida diaria y condiciona cómo pensamos, cómo votamos, cómo convivimos, cómo esperamos.
El cansancio se siente en las calles antes de que amanezca. En ese ruido que no baja nunca: sirenas, cláxones, obras que empiezan antes de la hora permitida, motores que no se detienen ni domingos ni feriados, campañas que invaden el espacio público con su retórica estridente. La ciudad despierta cansada porque nunca termina de dormirse.
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