Por Jimena de Gortari Ludlow

Cada 11 de febrero se conmemora el Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia. Se repiten imágenes de niñas con microscopios, mensajes optimistas y cifras que buscan convencer de que el problema está en despertar vocaciones. Pero basta salir a la ciudad —habitarla, recorrerla, trabajarla— para entender que el verdadero conflicto no está en el inicio, sino en la permanencia.

La ciencia también se hace en la ciudad: en sus universidades, laboratorios, hospitales, archivos, bibliotecas y centros de investigación. Se hace en los trayectos largos, en los traslados imposibles, en los horarios fragmentados, en los edificios mal iluminados y en los espacios que no consideran el cuidado, el cansancio ni el miedo. La ciudad no es un simple telón de fondo: es una infraestructura activa que condiciona quién puede investigar, durante cuánto tiempo y a qué costo corporal.

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Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.