Por Jimena de Gortari Ludlow
Hay una violencia que no siempre deja huella visible.
Es vivir con el segundero incrustado en el cuerpo.
Es la presión de que todo funcione.
Es la expectativa de no fallar nunca.
Es sostener la casa, el trabajo, los afectos, la agenda, el ánimo.
La vida doméstica no es improvisación: es arquitectura invisible.
Es cálculo permanente.
Es anticipación.
Es ajustar el engranaje cuando algo se mueve apenas un milímetro.
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