Por Julima Cardona*
En México hablamos de seguridad como si fuera exclusivamente un asunto de patrullas, presupuestos y estrategias federales. Discutimos cifras, reformas y despliegues. Pero rara vez hablamos de lo más básico: la organización comunitaria.
La violencia no aparece de la nada. Crece donde el tejido social se rompe, donde los vecinos dejan de conocerse, donde la desconfianza reemplaza a la corresponsabilidad. Cuando la comunidad se fragmenta, el miedo se vuelve terreno fértil.
Lo he visto en sentido contrario.
He visto cómo una red vecinal activa reduce conflictos antes de que escalen. He visto cómo el simple hecho de que las personas se conozcan cambia la manera en que se relacionan. He aprendido algo que hoy se ha vuelto mi convicción más profunda:
“Cuando los desconocidos nos volvemos conocidos, nos cuidamos los unos a los otros”.
Esa frase no es retórica. Es experiencia.
A los trece años sobreviví a un naufragio en Perú. No estaba sola: mis primos también estaban ahí. En medio del miedo, del agua y de la incertidumbre real de no saber si saldríamos con vida, hice una promesa silenciosa: si sobrevivíamos, dedicaría mi vida a ayudar.
No fue una promesa heroica. Fue un miedo transformado en responsabilidad. Fue comprender, de golpe, que la vida es frágil y que nadie se salva solo.
Desde entonces, cada vez que el cansancio aparece o que la complejidad invita a renunciar, regreso a ese instante. Regreso a esa promesa.
Fortalecer la comunidad no es para mí una actividad social. Es consecuencia de esa decisión.
La gobernanza comunitaria —aunque no siempre la llamemos así— es la capacidad de una comunidad de organizarse, tomar decisiones y prevenir conflictos antes de que escalen. No depende únicamente del Estado, pero tampoco lo excluye. Articula a vecinos, autoridades y actores locales en una lógica de corresponsabilidad. No es un activismo aislado. Es estructura.
Y en muchos territorios son las mujeres quienes sostienen este modelo. No desde la confrontación, sino desde la presencia constante. No desde el poder formal, sino desde la construcción cotidiana.
La prevención de la violencia no empieza cuando se instala una cámara. Empieza cuando alguien toca la puerta de su vecino. Empieza cuando se decide participar en lugar de aislarse. Empieza cuando se entiende que la seguridad no es solo vigilancia, sino vínculo.
La comunidad organizada no es caridad. Es estructura.No es buena voluntad. Es gobernanza.
Y si queremos un país más seguro, debemos empezar por reconocer que la seguridad también se construye puerta por puerta.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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