Por Karla Carbajal*
Hay nombres que uno hereda. Y hay nombres que uno tarda años en entender.
Mi segundo nombre es Miroslava. Durante mucho tiempo fue una broma en mi casa. Mi papá se burlaba de él. Decía “miros-lava, miros-trapea”. Chistes un poco machistas que a él le daban risa y a mí no. Mientras tanto, mi nombre me parecía largo, pesado y, sobre todo, ruso.
Durante años lo llevé como algo extraño, como si me hubieran dado una palabra que todavía no terminaba de ser mía. En las fronteras europeas me preguntaban si era rusa. Claro, sobre todo porque mido 1.54 y mi acento mexicano va por delante de mí.
¿Cómo explicarles que mi nombre había llegado a mí de otra manera?
El padre de mi mamá había elegido ese nombre inspirado en una actriz de belleza casi imposible que llegó a México desde Europa: Miroslava Stern. Mi abuelo se lo puso primero a mi madre. Y después ella me lo dio a mí. Así fue como llegó hasta mi vida.
Durante mucho tiempo fue solo eso: un sonido largo, extranjero, algo que pronunciaban los demás antes de que yo pudiera comprenderlo del todo, hasta que un día alguien tomó mi nombre y lo convirtió en un poema, un gesto romántico y generoso, un acróstico escrito con las letras de Miroslava. Fue ese detalle el que me hizo empezar a llevar mi nombre con otro atuendo.
Mucho tiempo después entendí que mi nombre guardaba algo más que una historia familiar. Guardaba también la memoria de otra mujer.
Antes de convertirse en una de las actrices más fascinantes del cine mexicano, Miroslava Stern había sido una niña europea atrapada en un continente que se desmoronaba bajo el peso de la Segunda Guerra Mundial. Su familia tuvo que abandonar su hogar para sobrevivir. Como tantas otras familias de aquella época, vivieron el exilio, el desplazamiento y la incertidumbre. México terminó convirtiéndose en refugio.
Aquí comenzó otra vida. Miroslava creció en un país que no era el suyo pero que terminaría adoptándola como uno de los rostros más hipnóticos de la llamada Época de Oro del cine mexicano. Su rostro —delicado, melancólico, casi irreal— parecía hecho para la cámara. Había algo en ella difícil de explicar: una mezcla de belleza, misterio y fragilidad que la pantalla sabía capturar.
Pero hay biografías que parecen cargar desde el principio una sombra. La suya no fue la única.
El siglo XX está lleno de mujeres brillantes —actrices, cantantes, escritoras— admiradas, celebradas, incluso idolatradas, que sin embargo terminaron sucumbiendo a una tristeza que el mundo no supo ver a tiempo. Ahí está Dalida, una de las voces más famosas de la canción francesa, que después de una vida marcada por la fama y las pérdidas amorosas dejó una nota breve antes de morir. Está también Lupe Vélez, una de las primeras actrices mexicanas en conquistar Hollywood, cuya historia terminó demasiado pronto, como si la intensidad de su vida hubiera sido también su condena. Y está Peg Entwistle, la joven actriz que una noche subió hasta lo alto del cartel de Hollywood antes de saltar al vacío.
La literatura tampoco escapa a esa sombra. Alejandra Pizarnik escribió como si su poesía naciera desde una habitación interior llena de preguntas imposibles. Virginia Woolf una mañana llenó sus bolsillos de piedras antes de entrar al río. Sylvia Plath dejó algunos de los poemas más intensos del siglo XX poco antes de morir, como si supiera que el lenguaje también podía ser una despedida.
Cada una encontró en el arte una forma de atravesar la oscuridad. Algunas terminaron por cruzar ese borde. Otras seguimos aquí, intentando nombrarlo.
Un día como ayer, 9 de marzo, pero de 1955, encontraron el cuerpo de Miroslava sin vida en su departamento en la Ciudad de México. Tenía apenas veintinueve años. Desde entonces su nombre quedó suspendido entre la luz del cine y la sombra de una historia que nunca terminó de explicarse.
Pienso en las mujeres que se adelantaron. Las que prefirieron el abrazo de la muerte. Las suicidas de la historia. Actrices, poetas, cantantes, mujeres que sentían demasiado para el mundo que les tocó vivir.
Durante mucho tiempo la historia habló de ellas como tragedias. Como escándalos. Como notas al pie. Yo prefiero pensar que fueron mujeres que caminaron más allá de los límites que el mundo les impuso.
Y hoy,
abrazo tu nombre,
Miroslava.
*Karla Carbajal es poeta, psíquica y activista mexicana. Es fundadora de Vida Canela y del colectivo #SomosLasBrujas, iniciativas enfocadas en la defensa de las mujeres, el acompañamiento a personas vulnerables y la construcción de conciencia colectiva.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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