Por Laura Carrera 

Hice, por tercera vez, un retiro de silencio de Vipassana. Lo menciono porque cada vez que lo hago, vuelve la misma reacción: sorpresa, incredulidad y una pregunta recurrente que suele formularse casi como reproche afectuoso: ¿cómo puedes no hablar durante diez días?, ¿cómo puedes no leer, no escribir, no escuchar música y además no tener celular? A eso se suma otra inquietud más corporal: ¿no te da hambre?, ¿no te desesperas?, ¿no te “pierdes” un poco? Y confieso que estas preguntas siempre me parecen interesantes porque revelan algo más profundo que la simple curiosidad: muestran hasta qué punto nos resulta casi inconcebible quedarnos a solas con nuestra propia mente sin distracciones. 

Dejar de hablar, de leer o de usar el celular no es lo más difícil del retiro. Lo verdaderamente exigente es el entrenamiento mental que implica. Un retiro Vipassana comienza todos los días a las cuatro de la mañana. A las cuatro y media inicia la primera sesión de meditación formal y la práctica se extiende, con breves pausas, hasta las nueve de la noche. Hay descansos después del desayuno, de la comida y de un té con fruta que se ofrece alrededor de las cinco de la tarde. La alimentación es vegana, ligera y muy sencilla. Mucha gente me pregunta si no paso hambre, y la respuesta es no. De hecho, desde el punto de vista fisiológico, una alimentación ligera favorece el trabajo atencional y reduce la somnolencia y la reactividad corporal. El cuerpo, cuando no está saturado, se convierte en un aliado del entrenamiento mental.

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