Por Laura Pérez Cisneros
Como mexicanos, cuando escuchamos las palabras Vaticano o Papa, en automático se nos viene a la mente una mujer que, por más de 50 años, ha sido el mejor referente. Desde su voz y esa elegancia coronada por una melena rojiza, es la forma en que nos ha narrado el día a día de las actividades del Papa desde la Plaza de San Pedro.
Valentina Alazraki ha hecho suyo también ese icónico sitio, donde ha vivido la tristeza de la muerte de un Papa, los cónclaves y el hacer guardias soportando fríos y madrugadas por el famoso “Fumo Bianco” —el humo blanco—, señal de que hay un nuevo pontífice; las audiencias de los miércoles, el Ángelus, hasta los viajes apostólicos por todo el mundo.
—Yo no soy nadie para decir eso, pero sí he sentido la presencia de Dios, o la mano de Dios, digamos, en circunstancias de mi vida.
Y así sucedió porque quien también fue clave en que Valentina fuera periodista fue su mamá, la actriz italiana Olimpia Crastich, quien llevó a su hija a Televisa y, por “Diosidencias”, terminó en la oficina de Jacobo Zabludovsky, sin saber que él sería su primer jefe, pero también un apoyo tanto en lo profesional como en lo personal. Sucedió cuando su madre enfermó de cáncer. Después de enterarse de que le quedaban tres meses de vida, Jacobo le dijo a Valentina: “Te tocará cubrir muchos Papas más, ahora tu deber es estar con tu mamá, regrésate”.
Y fue así que yo me regresé a México y el día de la elección de Juan Pablo II, yo estaba en su oficina y, claro, por un lado con una frustración profesional de no estar ahí mismo, en la plaza, pero al mismo tiempo sintiéndome bien, digamos, como hija, por haber hecho lo que tenía que hacer, pero sí, son momentos muy, muy difíciles de vivir.
Y se cumplió lo que dijo Jacobo. Valentina ha hecho la cobertura de cinco pontificados, de Juan Pablo I a León XIV. Considerada la vaticanista más respetada, hace un balance de lo que le han dejado en lo personal, desde un punto de vista humano, el convivir con estos hombres de Dios y, sin duda, mentes brillantes.
Juan Pablo I, el que abrió los caminos
Fue un pontificado muy importante, a pesar de la brevedad, porque realmente él abre el camino a Juan Pablo II, era como un párroco universal, un hombre que era muy sencillo, muy directo, con una comunicación muy sencilla y muy abierto. Entonces yo creo que le abre camino en esos 33 días y, de hecho, (Karol Wojtyła) decide llamarse Juan Pablo II como homenaje a su predecesor.
La fortaleza de Juan Pablo II
La última parte del pontificado de Juan Pablo II, a mí me marcó muchísimo, más que la primera, que fue realmente cubrir a un líder histórico que iba haciendo historia, y como periodista no me podría haber tocado algo mejor que eso, porque vi la historia bajo mis ojos, vi muros caer, pero más fuerte aún fue la experiencia al final, cuando realmente todos esos padecimientos físicos que él tenía, pues hicieron de él una persona discapacitada, y tú veías que seguía teniendo el mismo carisma, la misma fuerza, el mismo poder de comunicación, a pesar de estar mudo, en una silla de ruedas, encorvado, pero la fortaleza que salía, que emanaba de él, era algo absolutamente impresionante, y a mí esa fortaleza me marcó mucho, porque yo no tengo hasta la fecha, no tengo el valor de quejarme por algo.
Benedicto XVI, el humilde
Yo creo que la gran lección fue la renuncia, la humildad y también la grandeza de un hombre que dice yo no puedo seguir adelante, no le voy a hacer un daño a la Iglesia, porque yo ya no puedo tener las riendas de la Iglesia en mis manos, entonces solo un hombre muy grande tiene esa humildad de reconocer que, por el motivo que sea, físico, espiritual, ya no puede seguir adelante, entonces yo creo que habla de una grandeza extraordinaria de un hombre que no siempre supimos entender y valorar, porque veníamos de la experiencia de Juan Pablo II. Ratzinger fue un hombre con una inteligencia impresionante, un teólogo brillantísimo, entonces su experiencia era otra.
Francisco: el Papa de la Misericordia
Yo creo que aprendí, aparte de la sencillez, el calor humano, que seguramente tenía esta idea de acercamiento con todos, y de una Iglesia muy abierta, muy cercana, de una Iglesia que no te esté diciendo de lo que te vas a morir, sino que quiere curar las heridas. Aprendí mucho de él, creo que la misericordia, a no ser intolerante, realmente a tratar de abrazar a todo el mundo, yo no me he sentido una persona intolerante, pero creo que él nos dio una gran lección en ese sentido, de saber realmente mirar en los ojos del otro y saberse poner un poco en la posición del otro.
El corazón misionero de León XIV
Lo que me gusta muchísimo de él, y creo que podemos aprender mucho de él, es su extraordinario equilibrio, una combinación que es fascinante entre esta mente que se ve muy organizada, muy racional, pero que le viene seguramente de haber nacido en los Estados Unidos y con una formación académica importante, pero al mismo tiempo, el corazón misionero, esta experiencia que vivió tantos años en Perú, en dos momentos diferentes, lo hacen también que tenga esta cercanía con la gente, con el pueblo.
Detrás de cámaras
Por primera vez, la periodista deja hablar a la mujer y decide contar su propia historia en su libro “Soy Valentina Alazraki desde el Vaticano”. No se esperan historias rosas, hay pasajes de su vida bastante difíciles como la complicada relación con su padre, el cineasta de origen turco Benito Alazraki; el cómo sobrevivió a seis madrastras y a dos padrastros.
Creo que mientras lo escribía, me iba liberando de muchas cosas, o iba siendo una selección de lo que eran los recuerdos fuertes, y sobre todo, creo yo, de las vivencias que me llegaron a marcar mucho, para bien o para mal. Obviamente, aquí no hay ni una mentira, no hay ni un chisme, hay silencios. Hay cosas que no he contado porque afectan a otras personas, y yo no quiero afectar a nadie.
Un pasaje que se convirtió en un tipo de catarsis fue la batalla que vivió Valentina Alazraki junto a su hija más pequeña, Camila:
Ese capítulo lo escribí con mucho sufrimiento, y sobre todo yo no sabía cómo iba a quedar, y no sabía si ella lo iba a aceptar. Yo lo leí en voz alta a ella, y cuando lo iba leyendo, me atragantaba mucho, medio lloraba, y le dije mira yo no voy a poner ni una sola palabra que tú no apruebes, y esto si tú crees que lo quieres que lo ponga, lo pongo, y si no, no. Y al final fue algo muy intenso entre nosotras dos, y ella me dijo sí ponlo porque yo creo que podemos ayudar, creo que se puede ayudar para que la enfermedad mental ya no sea ese tabú que hay que esconder, y también saber cómo hay que tratar a las personas que tienen alguna patología, porque es como si estás enfermo de una rodilla o de un hombro, esto es más complicado, pero hay que atenderlos, hay que curarlos.
Espero que este libro ayude realmente a entender que no hay perfecciones en la vida, y que hay que hacer lo mejor posible con lo que nos dan, poco o mucho que sea, y con eso tenemos que sobreponernos e ir adelante.
Y Valentina Alazraki, la conocemos, es imparable.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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