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Por Lourdes Encinas

En Hermosillo, un grupo de vecinos protestó hace unos días contra el proyecto federal de “Viviendas del Bienestar”, cuya construcción se anunció inicialmente al poniente de la ciudad, en una zona de fraccionamientos considerados de clase media y media alta.

Residentes del lugar se opusieron al proyecto, argumentando que no hubo aviso previo de las autoridades, que la zona ya tiene alta densidad poblacional, que se incrementaría la congestión vial, que afectaría la plusvalía de sus viviendas, etc. Sin embargo, las lonas con mensajes de rechazo en sus manifestaciones son un espejo de algo más grande: la ceguera del privilegio.

Esa ceguera explica, en buena medida, por qué un sector de la sociedad mexicana sigue sin entender los triunfos de Morena. Desde el privilegio, a muchos les resulta incomprensible que, pese a los escándalos, los errores o la precariedad de los servicios públicos, la mayoría siga votando por un partido que promete poner “primero a los pobres”. 

Lo que no alcanzan a dimensionar es que, para millones, ese lema no es propaganda, sino la primera vez que el Estado se hace presente en sus vidas.

El clasismo no permite ver que los programas sociales, con todo y lo cuestionables que puedan ser, para un amplio sector de la población sí marcan diferencias, tan sólo por el hecho de recibir un apoyo económico que nadie les había dado antes y que les permite, aunque sea una vez al bimestre, comprar algo que no podían.

Desde la mirada del privilegio, los apoyos son dádivas clientelares; desde la periferia, son un salvavidas. Y esa distancia en la percepción lo explica todo.

No se entiende que el discurso de Morena funcione porque nunca se ha estado del otro lado del mostrador. Quienes piensan que la gente vota a cambio de dos o tres mil pesos al mes, no comprenden que, en un país atravesado por desigualdades históricas, esa transferencia significa más que dinero: significa reconocimiento, significa estar en la ecuación. 

El clasismo borra del mapa esa realidad. Por eso hay quienes se sorprenden cada elección, incapaces de explicar por qué los votos no se mueven hacia donde dicta la razón y la evidencia.

La protesta contra las Viviendas del Bienestar en Hermosillo ilustra esta fractura. Había razones técnicas, de seguridad en la construcción, del tipo de materiales, pero la discusión se centró en querer poner a una clase social junto a la otra.

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