Por Lourdes Encinas Moreno
Cada 8 de marzo, las calles de México se tiñen de morado y verde. Los cuerpos marchan, las consignas retumban, la memoria de las asesinadas y desaparecidas levita en las pancartas… y cada año, al día siguiente, el Estado respira aliviado y vuelve a su rutina indiferente.
Algo en ese ciclo tiene que romperse. La protesta debe liberarse de su encierro simbólico y la fuerza acumulada necesita convertirse en estrategia sostenida.
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