Por María Alatriste
Recientemente terminé un libro de más de 550 páginas que pensé tardaría más en leer. Con la maternidad, ponerme a leer por gusto suele ser un reto, y los libros suelen retomarse en varias ocasiones del año. Pero empecé bien con mis propósitos. Los tiempos se alinearon, mi esposo pudo estar más en casa y pude acabarlo e incluso releer varias veces algunas partes que me parecieron interesantes.
Empezaré mencionando que leí el libro Comer, rezar, amar de Elizabeth Gilbert en el verano de 2006. Lo leí indisciplinadamente. Me gustó, pero era una estudiante que tenía muchas distracciones y no tenía las preocupaciones de esa señora con líos más grandes. Sin embargo, cuando llegó la película en 2010, vivía en Madrid y busqué un cine en donde no se les ocurriera doblarla al castellano (diría una ex roommate en “ostia”). Fue fácil digerir la historia e identificarme en algunas cosas con ella: la necesidad de no estar sola, las múltiples distracciones que se suelen buscar para acabar la tarea solitaria y, a veces, abrumadora de vivir.
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