Por María Alatriste
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“Si no aguantas, no te metas” “Si no aguantas, no seas madre”

Todos hemos visto cómo se repite, con distinta máscara, en casi todas las campañas: una mujer que decide liderar una campaña, proponer una idea, reclamar un derecho, y el enfoque es más un castigo que un alivio por tener más mujeres en la política. No es solo el desgaste que ya tiene la ciudadanía. Es saber que, para muchas, entrar a la política sigue siendo cruzar un limbo donde la sociedad aún no tiene claro si es algo bueno o algo malo. Y es que, de fondo, hay mucho simbolismo: aún hay muchos trazos patriarcales que te hacen dudar si las mujeres tienen el verdadero poder o si es pura simulación.

Muchas mujeres conocen el peso de sostener. Sostener una casa, una crianza, una red familiar, así como una vida hecha de horarios imposibles. La maternidad (biológica o simbólica) enseña eso: que hay trabajos que no se anuncian, pero si fallan, todo se cae. Que lo más importante suele ser lo menos visto. Que lo que sostiene casi siempre se nota solo cuando falta.

En mis investigaciones, cuando observo narrativas en redes, aparece un patrón dolorosamente claro: el espacio digital no es un espejo neutral de la realidad; es un amplificador. Y en política, amplifica lo peor cuando encuentra impunidad. Por eso, hablar hoy de reforma electoral sin hablar de paridad y violencia política de género es en vano.

México ha avanzado. La paridad ya no es una consigna, es una regla. Pero paridad no es seguridad. Paridad no es poder real si cada paso se paga con insultos, amenazas, campañas de desprestigio, violencia digital. Paridad no significa “ya llegamos”; significa, apenas, “ya nos dejaron entrar”. Y entrar, para muchas, sigue siendo entrar a un cuarto donde el aire cambia y depende de muchas cosas menos de su propio poder.

Aquí entra una pieza que pocas veces se nombra con la claridad necesaria: el árbitro. Un árbitro electoral fuerte no es un lujo tecnocrático; es una condición mínima para que la paridad exista más allá del papel. Es quien pone reglas, fiscaliza, sanciona y sostiene mecanismos que, por imperfectos que sean, han abierto grietas en el muro de la impunidad.

Pienso en herramientas concretas: registros de sanciones, protocolos para atender violencia política de género, medidas para evitar que agresores lleguen al poder, y una maquinaria institucional capaz de responder en tiempo real, no cuando ya pasó el daño. Eso también es cuidado. Cuidado público. Cuidado democrático. Porque si el Estado no protege el derecho a participar sin violencia, lo que hace es empujar a las mujeres a resolver solas lo que es estructural.

Y ahí aparece el paralelismo con la maternidad: cuando no hay sistema de cuidado, la carga no desaparece, solo se privatiza. Se vuelve “asunto de cada quien”. Se resuelve con agotamiento, renuncias y silencios. Con mujeres que se bajan de la contienda porque nadie puede vivir eternamente en modo supervivencia.

Debilitar al árbitro no siempre es una reforma escandalosa. A veces ocurre por goteo: teniendo menos presupuesto, personal especializado, capacidad de fiscalización, seguimiento a quejas, medidas cautelares oportunas, coordinación interinstitucional.

¿Quién pierde primero? Las mujeres que ya estaban en los márgenes: las más jóvenes, indígenas, afrodescendientes, las que no tienen padrinos partidistas, las que vienen de grupos colectivos, de barrios, de redes comunitarias. La violencia política no se reparte parejo; se ensaña donde el poder cree que puede cobrar el permitirte jugar a ser parte del poder.

En redes se dice fácil: “si no aguantas, no te metas”. Yo diría lo contrario: si como democracia exigimos que las mujeres se metan, tenemos la obligación de garantizar que no las devoren y puedan tener un auténtico poder. No todas vienen con la idea de ser cobijadas por la figura patriarcal de un líder autoritario. Y esa garantía se llama Estado de derecho, instituciones que funcionen, y un árbitro que no esté de rodillas.

La maternidad me dejó una certeza: lo que se sostiene con amor pero sin estructura termina rompiéndose por cansancio. Con la democracia pasa igual. Cuando el árbitro se debilita, no se simplifica el sistema: se abarata el derecho. Y el costo (como casi siempre) lo pagan primero las mujeres.

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@MariaAlatriste

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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