Por María Alatriste

Nacer mujer en México no es una metáfora. Es aprender a vivir sintiendo que a menudo pisas cáscaras de huevo. Medir trayectos, horarios, riesgos; mirar dos veces el retrovisor; mandar ubicación; pactar códigos con amigas y familiares. Esa pedagogía del miedo no aparece en los discursos oficiales, pero organiza la vida cotidiana. Y desde ahí vale la pena formular la pregunta incómoda de este 8M: si hoy hay más mujeres en posiciones públicas, ¿esa presencia alcanza para desactivar la violencia o sólo cambia quién sostiene la carga?

Podemos celebrar los avances sin caer en la trampa del aplauso automático. Que haya mujeres en espacios centrales importa: amplía lo posible, rompe el “esto no es para ti”, abre referentes. Pero también es cierto que el sistema sabe adaptarse al incorporar rostros nuevos sin modificar las reglas de fondo. El poder, cuando no se evalúa, se vuelve un maquillaje institucional. Se presume la cifra de cuántas mujeres llegan y se omiten qué condiciones cambian para las demás.

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Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.