Por Mariate Arnal
Ha pasado un año desde que el país habló con claridad y, sin embargo, la pregunta que más me llega —en mensajes, en llamadas, en susurros— es la misma: “¿Qué está pasando realmente en Venezuela… y a quién le creemos?”
Antes de entrar en interpretaciones, pongo una línea al inicio para no engañarnos: no tengo información privilegiada. No estoy en una sala de mando ni tengo acceso a acuerdos reservados. Lo que sí tengo es contexto, conversaciones y oído. Lo que veo —y lo que escucho de mi gente en Venezuela— y lo que puedo decir con honestidad como opinión.
También es importante separar lo oficial de lo especulativo. La posición pública de María Corina está donde tiene que estar: medida, cuidada, estratégica. Porque ella entiende que en un tablero así cada palabra cuesta. Y porque, si algo ha demostrado, es que sabe jugar esto con una disciplina que a veces desespera… pero casi siempre protege. Así que repito lo obvio: tenemos que confiar en lo que hará hacia el futuro. Nadie dijo que esto se resolvería con una declaración perfecta.
Ahora sí: hablemos de lo que está haciendo ruido: los medios.
Hay que ser muy cautelosas con lo que dicen, porque honestamente me parece que muchos medios se han ido a la m***** con Venezuela. No lo voy a endulzar. El New York Times, la BBC y CNN se han ido a la m***** con toda esta situación. Y del otro lado, también: Trump se ha ido a la m*****. El problema no es solo “la narrativa”; es el péndulo.
Las cosas no son ni blancas ni negras, aunque algunos medios progresistas las pongan negras y otros —como Fox News— las pinten blancas. Y cuando el debate se vuelve caricatura, quien pierde no es el analista desde su estudio: pierde el pueblo que está viviendo la realidad.
El punto que no se puede perder —y que me preocupa que se diluya— es éste: el camino hacia la libertad de Venezuela no empieza ni termina con Trump. No empieza con un presidente gringo ni con una frase incendiaria. Empieza con una decisión del pueblo venezolano. Ese “regime change” no es un invento de Washington: es una petición de Venezuela.
La ruta hacia la libertad no es “sacar a Maduro” como si fuera una pieza y listo. Venezuela no es libre hoy, aunque mañana cambie de nombre. Lo que comenzó fue un camino. Y ese camino se inició con las primarias de octubre de 2023. Incluso cuando no dejaron participar a María Corina, el país habló. Edmundo González se volvió el candidato viable gracias al trabajo de ella y Venezuela pidió —clarísimo— un cambio de régimen. El pueblo venezolano ya habló hace un año y medio y dijo que quería salir de Maduro. Entonces, cuando alguien reduce esto a “una carta intervencionista de Trump”, lo que hace —sin querer o queriendo— es desempoderar al pueblo.
¿Que Trump es impredecible? Sí. ¿Que Estados Unidos ha sido intervencionista? También. Aquí hay claroscuros. Pero una cosa no cancela la otra: que haya intereses geopolíticos no borra la voluntad popular. Y no reconocer esa voluntad es jugarle el juego al régimen, que vive de reducir todo a propaganda.
Y es que, seamos brutalmente honestos: Venezuela ha estado secuestrada por una estructura criminal. Esto no es una “administración” con matices democráticos; es una red que funciona como sistema de control. Y dentro de esa red, Maduro es más marioneta que mastermind. Los verdaderos operadores, los que coordinan, sostienen y calculan el aparato, son otros: Delcy, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello. Ellos son los que mueven piezas. Delcy ya habló de colaboración con Estados Unidos, si se descarrilla, Trump la va a acomodar.
Además, esto no ocurre en un vacío. Hay estructuras montadas y sostenidas por actores externos: Hezbolá, Irán, Rusia y Cuba. Eso no se desmonta con un discurso ni con una elección. Eso es una operación de desmantelamiento, compleja, larga y peligrosa. (Y por eso es tan desesperante cuando los medios lo venden como si fuera un pleito simplón de “izquierda vs derecha”.)
Aquí viene una parte que a mucha gente le cuesta, porque suena contraintuitiva: poner a María Corina a desmontar esa estructura es mandarla al matadero. No porque no pueda —de hecho, porque sí puede—, sino porque quemarla en el proceso sería un error estratégico. Es más inteligente que esa estructura se desmonte, en buena parte, desde adentro. Que la desarmen los mismos que hoy la sostienen, a cambio de una salida.
Por eso se negocia con Delcy. Porque si ella ayuda a cambio de una salida, se puede evitar una guerra civil. Y cuando lo que está en juego es evitar que un país se rompa en violencia abierta, el purismo moral deja de ser un lujo y se vuelve un riesgo.
Aquí es donde entra Estados Unidos con toda su complejidad. Estados Unidos no puede permitirse otro Irák o Afganistán. Trump, por su base política y por la narrativa de “éxito”, necesita que esto salga bien. Va a jugar cartas que quizá no entendamos, como pactar con piezas del régimen. Y sí, eso indigna, confunde, provoca rechazo. Pero recordemos: el ajedrez se juega en silencio.
La mejor manera de desmantelar un régimen así es usar a los mismos del régimen que ya están en la lona. Hoy los militares ya no tienen cómo operar como antes; quedan las milicias y los colectivos que aterrorizan a la gente. Y cuando el músculo real es el terror, lo que está en juego es evitar el derramamiento masivo. No hay romanticismo posible.
Trump le está dando la oportunidad de hacer algo que favorezca la transición a cambio de algún leniency - alguna negociación para que no acabe igual que Maduro. Veremos si ella la toma o no y si no la toma pues correrá con la misma suerte que Maduro y Cilia o peor. A Trump no le va a temblar la mano y ya se lo dijo. Veremos cómo se escribe esta historia.
En todo esto, el liderazgo de María Corina vuelve a ser el centro. Porque ella está playing the long game. Y porque, a diferencia de Trump, no se mueve desde el ego. Ella no busca el poder por el poder; busca la libertad de Venezuela. Eso cambia todo: la manera en que negocia, la manera en que calla, la manera en que aguanta que la subestimen.
No debemos subestimarla cuando Trump dice que “no está lista”, ni comprar el comentario fácil. Hay que elevarse a 30,000 pies para entender la jugada. Su fortaleza ha sido la claridad y la congruencia incluso cuando el panorama se llena de ruido, incluso cuando algunas movidas parecen “raras” desde abajo.
Y sí: hablemos del tema que siempre sale, porque es inevitable: el petróleo.
Mucha gente dice “los americanos se lo van a quedar”. Pero el petróleo venezolano ya lo tienen —de facto— otros intereses: chinos, rusos, cubanos… y hasta México. Entonces, en un mundo real, no ideal, es preferible que parte de ese tablero lo tenga Estados Unidos mientras Venezuela se recupera, si eso acelera el desmontaje del aparato criminal y abre espacio para reconstruir.
Nada es gratis. Venezuela va a necesitar ayuda internacional y talento para reconstruir el país, porque internamente no hay capacidad instalada suficiente después de décadas de destrucción, fuga de cerebros y miedo. Pensar que Estados Unidos no tiene intereses es ingenuo. Pero también es ingenuo pensar que el status quo es “neutral”. No lo es. El status quo es la peor versión de los intereses ajenos: los que hoy sostienen el secuestro.
Así que vuelvo al inicio: cuidado con los medios, cuidado con los extremos, cuidado con las simplificaciones. Hay cosas que no vamos a entender en tiempo real. Y no es porque seamos tontas; es porque esto es guerra psicológica, propaganda y estrategia al mismo tiempo.
Cuando me preguntan “¿qué sigue?”, lo único que puedo decir con honestidad es esto: hay un plan. El pueblo ya habló. Y María Corina está jugando una partida que no se gana con aplausos instantáneos, sino con paciencia, firmeza y visión.
El ajedrez se juega en silencio. Y esto es #HastaElFinal.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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