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Por Marilú Acosta

Uno pensaría que los Senadores sí tendrían los Servicios de Salud tipo Dinamarca. Tienen, por usos y costumbres, buen presupuesto (autoasignado), por lo que su atención de urgencias tendría que estar a la altura de su ritmo de vida, en el cual comen, visten, viajan, se trasladan y viven como millonarios, gracias al dinero del pueblo bueno y sabio, bueno no, más bien con los impuestos que paga la clase media aspiracionista y los empresarios abusivos, porque el pueblo bueno y sabio casi no paga impuestos.

En el Senado, el responsable de la salud de los representantes de los Estados de la República lleva más de 5 legislaturas con esa labor, no sé si sea bueno, sin duda sabe ser leal a la clase política de cualquier color, porque está ahí desde la década de los 90. El Dr. Juan Francisco Omaña Villa (egresado del Instituto Politécnico Nacional en 1985 con la licenciatura de médico cirujano y partero), ha vivido varias liquidaciones, con la enorme suerte de ser recontratado a los pocos días. No tengo la certeza de que siga siendo Director General de Servicios de Salud del Senado, quizá ahora sí lo liquidaron sin recontratarlo. La única seguridad es que en 2023 seguía siéndolo. Si ya no está en ese puesto, seguro dejó una gran escuela, protocolos, manuales, algo para contar con una buena atención médica.

El Senado no es un lugar con frecuentes urgencias médicas, quizá el mayor riesgo es cuando los debates se cambian por golpes, esa baja incidencia no exime al personal de salud en no saber manejar las emergencias. Emilio G.G., el influencer o camarógrafo o guardaespaldas o leal subalterno del ciudadano Fernández Noroña, arriesgó el cuerpo en la más reciente trifulca. Aún sin ser parte administrativa del recinto, recibió atención médica inmediata, después de haber experimentado en carne propia el porqué, si no le sabes a madrazos, uno nunca debe meterse. A lo mejor, defender su salario y viáticos internacionales, lo impulsó a cometer semejante error, el hambre es mala consejera.

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