Por Marilú Acosta

Por más barbáricos que nos parezcan estos tiempos, el 14 de febrero nos enseña cuánto nos hemos refinado. En la Roma antigua (siglo IV a.E.C.), a mediados de febrero, los sacerdotes (Luperci) celebraban las Lupercales: festividades dedicadas a la fertilidad. Buscando fortalecer la reproducción y asegurar la continuidad de la vida, los Luperci desollaban perros y cabras. Estaban convencidos de que al golpear con sus pieles ensangrentadas a las mujeres, estas se volvían fértiles. Así comienza el 14 de febrero.

Pasan mil años y en el siglo V, el Papa Gelasio I declara el 14 de febrero como el día de San Valentín y prohíbe las Lupercales. Por mártires Valentinos no paramos, pero la leyenda más famosa es la del sacerdote que desafiaba al emperador Claudio II, casando soldados en secreto. Así es como el amor se vuelve “rebelde frente a la ley”.

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