Por Marilú Acosta

Olivia, mi hija mayor, contrajo sarampión a los siete años. Mientras la enfermedad seguía su curso habitual, recuerdo leerle en la cama, sin alarmarme demasiado por la enfermedad. En plena recuperación, una mañana me senté en su cama para enseñarle a hacer animalitos doblando limpiapipas de colores; cuando le tocó a ella hacer uno, noté que sus dedos y su mente no se comunicaban y no logró hacer nada.

—¿Te sientes bien? —le pregunté.—Tengo mucho sueño —dijo.

En una hora estaba inconsciente. En doce estaba muerta.

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