Por Marilú Acosta
Después de estudiar 21 civilizaciones, el historiador Arnold Toynbee concluye que ningún enemigo externo destruyó ninguna gran civilización; primero se pudrieron por dentro. Así lo plantea en 1939, en su libro A Study of History (Un Estudio de la Historia), en donde escribe: Civilizations die from suicide, not by murder. (Las civilizaciones mueren por suicidio, no por asesinato).
Dos décadas antes, el filósofo Oswald Spengler en Der Untergang des Abendlandes (El ocaso del territorio occidental, traducido en 1923 como La decadencia de Occidente) propone su teoría de que la historia no es lineal, es una biología que expresa el estado cultural de las civilizaciones, las cuales siguen el ciclo estacional.
Primavera — Edad Media: es la infancia de la humanidad. El despertar del alma y la intuición rural, que se experimenta más que se razona. No hay ciudades. Aquí nacen los mitos, la fe profunda, la mística y la creación religiosa.
Verano — Renacimiento: es la juventud rebelde y el inicio de la maduración. Despierta la consciencia. Crecen las ciudades, aparece la burguesía, el razonamiento crítico y el intelecto desafía la tradición mística. Se entiende a Dios a través de las matemáticas y el arte. Hay reformas religiosas y filosóficas.
Otoño — Ilustración: es la adustez sofisticada. Triunfa la Razón pura, nace el racionalismo, muere la fe. Las grandes ciudades dominan al campo. La vida urbana cree en el progreso, la lógica y la ley natural. Se escriben las Constituciones y la Democracia liberal clásica. Aparecen la Revolución Francesa, la Industrial y surge el liberalismo. Se rompe el arte.
Invierno — Siglo XXI: es la senectud. Reina el materialismo, lo importante es el dinero y la biología reduccionista. Las megalópolis globales engullen lo producido por un campo olvidado. El hombre es un nómada de asfalto. La democracia parlamentaria es corrupta e ineficiente, las masas —espiritualmente vacías— exigen un líder fuerte que ponga orden (un César). La tecnología sin alma busca un pragmatismo brutal. Disminuye la tasa de natalidad.
Para Spengler, el agotamiento de la vejez no soporta el peso de la libertad democrática. Durante el invierno, las personas no quieren ser ciudadanas (responsables), buscan ser consumidoras (protegidas). El suicidio es entregar la libertad a cambio de la seguridad económica. Por eso el invierno trae consigo figuras tiranas que justifican la necesidad de poder absoluto temporal, porque las leyes (y las Constituciones) actuales son anacrónicas y ya no pueden salvar a la sociedad. La civilización no solo les aplaude, sino que agradece su autoritarismo con un suspiro de alivio.
Para Toynbee, en verano los líderes inspiran. Al llegar el otoño la sociedad idolatra lo efímero; el voto es un ritual vacío que se adora. Para el invierno, el voto ciudadano se le da a quien promete desmantelar la democracia, porque durante el otoño, la democracia se volvió decadente, débil y corrupta. Entonces, de acuerdo a Toynbee, el suicidio ocurre por falta de respuesta al desafío. Es decir, ante nuevos retos, la respuesta institucional es vieja y anquilosada. Buscan reciclar soluciones que en el pasado no funcionaron. O simplemente se quedan callados ante los problemas más evidentes. Una sociedad fracturada del alma prefiere destruir su propia casa (la Constitución) antes que reformarla.
Esto lo sabemos desde hace un siglo, cuando Toynbee y Spengler publicaron sus trabajos. Lo hemos visto desarrollarse frente a nuestros ojos. Tenemos todo para cambiar la historia de nuestra civilización. Como ente biológico, se puede evolucionar y he aquí el cómo. El tirano que promete acabar con el invierno es el invierno mismo, es el camino seguro al suicidio democrático. La pluralidad, la tecnología que nos conecta, el conocimiento acumulado permiten que en este invierno converja una ciudadanía cansada que ya entregó las llaves de la libertad y la democracia con otra parte de la población que tiene la sabiduría de la vejez, con el ímpetu de quien sabe generar una solución distinta.
El pasado martes 3 de febrero se presentó el Frente Amplio Democrático con un único objetivo: frenar la tiranía del invierno al evitar una reforma electoral regresiva. Un grupo de 10 personas convocó a casi 500, se firmó un manifiesto y se publicó en El Universal. Quien se quiera sumar a este frente, lo puede hacer desde el sitio web. Si el talón de Aquiles de las civilizaciones es responder con soluciones viejas (retroceder en materia electoral) a problemas nuevos (2026), este frente trae consigo la idea de generar soluciones nuevas, a la medida de las circunstancias. Sí, se necesita una reforma, pero no invernal, no tiránica, no la que acumula todo el poder, manteniendo el sistema de votos para simular una democracia pero quitándole la incertidumbre al resultado. La democracia, respetando la pluralidad, dejó entrar a quienes hoy quieren cerrarle la puerta y silenciarla. Hace frío, pero hay muchas maneras de calentarnos. El suicidio democrático está pidiendo ayuda a gritos. Escuchemos. Participemos. Es momento de hacer las cosas distintas.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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