Por Melissa Moreno Cabrera

Cada 25 de noviembre el país vuelve a mirar lo que evita el resto del año: la violencia que atraviesa la vida de las mujeres. La marcha concentra atención, cámaras y discursos, pero el punto de inflexión no está en la multitud, sino en lo que ocurre cuando todo eso se dispersa. Ya pasó la efeméride y la pregunta relevante no es cuántas fuimos, sino qué cambia cuando la calle regresa a su rutina y las violencias de género siguen ahí.

Junto con cada marcha aparece un predecible ritual de mercadotecnia que busca mostrar compromiso sin asumir responsabilidades reales: todo se pinta de naranja, las marcas lanzan mensajes de ocasión, las instituciones publican campañas “de sensibilización” y las empresas difunden comunicados cuidadosamente redactados para cumplir con la fecha. La visibilidad simbólica no incomoda a nadie; lo que incomoda es revisar prácticas internas, corregir omisiones, reconocer fallas y transformar estructuras.

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Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.