Por Mónica Hernández

A veces me siento como meme de la rana René, porque escucho cierta música moderna y en lugar de alegrarme, me deprimo. Tal vez sea que ya no conecto como lo he hecho con la música clásica (la barroca me flipa y la antigua aún más, en especial la que recuperó Jordi Savall para un instrumento llamado viola de gamba y que atesoro en viejos CDs y cassettes), la música de los Beatles, la de los 80s y el jazz de la banda de Ludovic Navarre y su grupo Saint Germaine que es más electrónica y ecléctica que jazz, pero me encanta igual. La maternidad me llevó a Frozen y todas las canciones de Disney (que siguen en mis playlists) y de ahí saltó a Soy Luna y Bia, para saltar de nuevo a Taylor Swift, Dua Lipa, Oliva Rodrigo y hoy a Morat, Imagine Dragons y Bad Bunny. Sí, Bad Bunny. Me mentalicé a escuchar el material nuevo, muy salsero, a fin de no morir en el medio tiempo del SuperBowl que se celebrará unos días después de mi cumpleaños. Pero… siempre hay un pero. A mi la música me inspira, me emociona, me aligera mente y corazón y me pone de buenas. Hasta hace poco. Como todo lo que me pasa, la culpa siempre es de la menopausia. Que era yo, que ya son los años, que es momento de empezarse a deprimir aunque sea por las canas. Y casi me lo creo. 

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