Por Mónica Hernández

Para mi es inevitable tropezarme con listas interminables de “los mejores”, los “más chipocludos”, etc. del año. Se me aparecen en reels de Instagram, de Tik Tok, en las noticias, en los diarios que leo cada día. Las mejores jugadas de fútbol americano aparecen con las listas de los mejores libros según tal o cual bootokero, al lado de las 10 mejores recetas para bajar de peso y los 10 mejores rebases en la Fórmula 1 del 2025. También, y por qué no, los 10 mejores chismes de artistas y similares, aunque la verdad, hay más de mil millones de chismes, así que por ahí no me sigo. Yo, siendo yo, hago una lista de los eventos que más me impresionaron en el año y aunque la lista es larga, la puedo resumir en pocas líneas. Sí, me impresionan las fotos de Jeffrey Epstein en su mansión de NY, en la isla y a bordo del avión privado, porque la imaginación, como en un cuento bien escrito, rellena la información que falta. Aluciné con que Trump desbaratara un jardín de rosas de nada menos que Jackie Kennedy (ya si era feo o bonito, pues es lo de menos. Era de Jaqueline Kennedy), para desmontar (con permiso o sin él) medio edificio federal que pertenece a todos los norteamericanos. Y todo para hacer un salón de baile, como los que ya tiene en sus torres Trump en Nueva York, en Chicago y en Mar-a-Lago. Ahora uno dentro de la Casa Blanca y que nadie sabe si llegará a estrenar. Ya del buen o mal gusto ni hablamos, porque al menos yo, tuve ocasión de hojear una revista Hola! en un consultorio del cardiólogo de mi mamá y llegué a ver las fotos del horror de mal gusto que tiene su pent-house en la Trump-Tower de NY. En aquel entonces, la taza del váter era de oro, como en los cuentos de las mil y una noches. Porque claro, no se trata de dinero o de clase, se trata de poder. Y el poder se alimenta de dinero.

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