Por Mónica Hernández
Hay pocas cosas que me despierten tanta pereza y tanto regocijo, una vez vencida la flojerísima de ir a un mercado. Pero ya que consigo estacionarme y bajar mis bolsas, el resto es un día en el paraíso. Mi favorito, el de Jamaica. No sólo porque me quedé prendada de las flores desde mis cursos de diseño floral con la ya fallecida y queridísima Julieta Barnetche, sino porque llegar temprano, cuando las flores todavía presumen su rocío me hacen el día y la semana completa. Los olores y los colores en esos pasillos no dejan de maravillarme jamás. Si me atreviera a ir sola, iría a la Central de Abastos, pero hace muchos años que no vamos (en tropa, desde luego). Luego está la tradición previa a comprar las flores: un tamal, porque a esas horas de la madrugada (alrededor de las siete) los tamales están recién hechos y no saben igual si los pides para llevar. Se han de comer ahí, de pie, junto a un atole recién hervido (sin leche, que mi panza se infla como globo).
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