Por Mónica Hernández
La mayoría sabemos, porque lo estudiamos o nos obligaron a saberlo, que Alexander Graham Bell inventó el teléfono, un aparato que mediante un cable, conectaría las voces de las personas que no estaban en la misma habitación. Hoy sabemos que Bell fue quien patentó en 1876 un invento de Antonio Meucci de 1854 y no fue hasta el año 2002 que se le dio el reconocimiento oficial al inventor. Durante más de 80 años un teléfono fue sinónimo de cable, pues fue en 1973 (Martin Cooper de Motorola) que se utilizó la tecnología de ondas de radio para la telefonía inalámbrica. El otro hito de la telefonía fueron los teléfonos inteligentes, nacidos en el año 1994 (IBM Simon Personal Communicator), que sin que nos quepa duda, vinieron a poner los códigos existentes de cabeza. En el año 2000 se comercializó el primer smartphone (Ericsson, R380) y en el 2007 el primer Iphone. Y no, no estamos hablando de la prehistoria aunque, para mucha gente, lo parezca.
La tecnología impulsa la creación de nuevos códigos. ¿A qué códigos me refiero? A los sociales, no sólo a los tecnológicos. Hablar por teléfono fue un hito en la comunicación con personas que estaban en otro lugar. Tener un número de teléfono y descolgar para que te contestara una operadora (empleo que tuvo su auge y luego, como todo, desapareció) era sinónimo de distinción. Yo recuerdo, de niña (finales de la década de los 70s), a una señora que trabajaba en casa y nos pedía permiso para que sus familiares le llamaran. O si era una emergencia, nos pedía el favor de hacer la llamada por ella (después de desdoblar un papelito con un número de siete dígitos que traía en su cartera) para hablar a la tiendita de su pueblo. Cuando contestaban, tomaban la llamada y salía corriendo un niño para avisar en la casa de tal o de cual que su familiar estaba llamando. A veces era la farmacia, a veces una vecina. Pero la amabilidad era la norma. Ya no ocurre así y no porque yo me esté haciendo mayor.
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