Por Mónica Hernández
Hace años (1981) salió una película que rompió la tradición nacional de las películas de traileras buenotas y rudas de los años 70s (que a su vez echaron por suelo las películas musicales y ñoñas de los 60s, que a su vez acabaron con las películas de rancheras de los 40s y 50s), llamada Lagunilla mi barrio. No me dejaron ir a verla (demasiado prosaica para mis escasos años y mi nulo criterio infantil). Tuvo tal éxito que hicieron una secuela, o muchas, porque se han hecho interminables series (telenovelas o como se les prefiera llamar) con la misma temática: nosotros y lo nuestro.
En sociología, campo donde me declaro ignorante, se estudia al individuo en relación a sí mismo y a los demás, que puede ser el entorno físico y afectivo (o desafectivo, para el caso). Uno se entiende con relación a los demás. El tema de la película de la Lagunilla sintetiza como un curso acelerado de sociología el sentido de pertenencia nacional, que no deja de ser el familiar. ¿Cuántas veces no escuchamos decir que yo dentro de mi casa le miento la madre a quien quiera, pero si alguien de afuera lo hace le rompo su mandarina en gajos? Así funcionamos los mexicanos. Nos madreamos entre nosotros, pero que no venga uno de fuera a decirnos cómo somos. A fin de cuentas, ya lo sabemos.
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