Por Mónica Hernández

Mi padre se rasca la cabeza cuando le digo que es feminista. Se nota incómodo. Me mira y sonríe. Tiene 82 años y a su edad ha entendido la paciencia, aunque le pica la curiosidad. ¿Por qué dices eso? Su sonrisa hace espejo con la mía. Me parezco a él en la sonrisa, en la forma de la cara, en el pelo y en muchas manías. También en lo cabezota y testaruda. En que a ambos nos gusta leer y comentar nuestras lecturas. Tenemos los mismos gustos en música, en pintura, en colores favoritos y en la comida. Heredé ser ambidiestra pero no su color de ojos.  

Mi adorado padre creció con una hermana y varias medias hermanas (entiendo que unas seis, pero nunca las conocí a todas). Tuvo dos hijas. Tiene tres nietas. Siempre dice que “Dios no le dio hijos pero lo bendijo con mujeres”. Perdió a su propia madre cuando tenía dos años y se crió con puras viejas, por lo que se ríe del feminismo, porque insiste en que el respeto y el cariño son lo único que conoce. Lo crió mi abuelo en el respeto, el civismo y los valores, todo ese paquete que hoy hace pensar en los dinosaurios. A las mujeres se les respetaba como “damas” (claro que se comportaban como tal, insiste): les abría las puertas, les daba su lado de la acera, les cerraba la puerta del auto. Las acompañaba si se hacía oscuro. Se ponía de pie si llegaba o se iba una mujer de un lugar donde él estaba. No fumaba delante de una mujer y tampoco decía palabrotas si había alguna cerca. Pocas veces levantó la voz pero nunca la mano. Detesta los gritos y si se enfada se queda mudo.

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Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.