Por Natalia Pérez*
Entre abrazos, consignas y acompañamiento, la marcha del 8M demuestra que la lucha de las mujeres no solo se vive en las calles, sino también en los espacios donde la voz femenina construye esperanza, memoria y justicia.
El peso de las cicatrices
Después de tanto tiempo, quienes han sido violentadas cargan cicatrices que no siempre se ven: miedo, dolor, rabia y un profundo anhelo de justicia. La marcha del 8 de marzo no es solo un acto de protesta; es un espacio para sanar, para mirarnos, para reconocernos y recordarnos que no estamos solas en este camino que aún nos falta recorrer.
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