Por Nelly Segura*
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La entrevista que obliga a preguntarnos hasta dónde llega el cansancio democrático

Desde México, país que hoy alberga a miles de venezolanos y venezolanas, esta entrevista obliga a ir más allá del falso dilema entre Trump o Maduro. El debate no es entre dictadura o intervención, sino entre la ausencia de democracia y las formas violentas de intentar restaurarla.

La noticia cayó de madrugada y se propagó con rapidez entre fronteras y husos horarios: Nicolás Maduro había sido capturado en una operación militar encabezada por Estados Unidos. En la diáspora venezolana no hubo una sola reacción. Hubo alivio, miedo, incredulidad. Y una pregunta que no admite respuestas cómodas: ¿qué tiene que ocurrir para que una persona celebre que otro país invada militarmente el suyo?

La pregunta no surge desde el cinismo, sino desde el límite ético. Desde ahí habla Martha Cotoret, periodista venezolana radicada en México, cuando afirma: “Es una noticia que llevaba más de 20 años esperando”. No lo dice con euforia, sino con agotamiento. Pero incluso el cansancio —vale preguntarse— ¿alcanza para justificar que la esperanza llegue en forma de fuerza militar extranjera?

Cotoret estaba de vacaciones en Cartagena cuando despertó con la noticia. Antes de pensar en geopolítica pensó en su hermana gemela, la única de su familia que sigue en Venezuela. Lograron comunicarse de inmediato. “Todo estaba bien”, le dijo. En un país donde la normalidad se volvió excepcional, esa frase tiene un peso desmesurado.

Las primeras horas, la información disponible indicaba que la operación se dirigió a objetivos militares y que no existen reportes confirmados de víctimas civiles. El dato se repite como si bastara para calmar conciencias. Pero la pregunta persiste: ¿desde cuándo el estándar democrático se redujo a no bombardear civiles?

Durante las horas posteriores han trascendido números de víctimas e incluso el Ministro de defensa venezolano, Vladimir Padrino, afirmó que fueron asesinados algunos integrantes del equipo de seguridad de Maduro

Venezuela arrastra una crisis humanitaria prolongada: escasez de alimentos, servicios públicos colapsados, salarios pulverizados, persecución política. Nadie discute ese diagnóstico. Lo que sí merece discusión es el punto al que se llegó para que la salida imaginable ya no sea el voto, la presión internacional o la justicia, sino la intervención armada de otro país.

Cotoret sostiene que las vías internas estaban cerradas desde hace años. Poder judicial, electoral, Legislativo y Fiscalía bajo control del Ejecutivo. Elecciones sin consecuencias. Protestas reprimidas. Jóvenes asesinados. Incluso migrar se convirtió en una falta política: venezolanos detenidos al regresar al país, acusados de “traición a la patria” por haberse ido. El régimen convirtió el exilio en delito.

Ese contexto explica —pero no normaliza— el respaldo a la intervención. Entender no es absolver. Y ahí está uno de los nudos más incómodos que deja esta entrevista: cuando una sociedad llega al extremo de celebrar una invasión, el fracaso no es solo del régimen autoritario, sino también del sistema internacional que permitió que ese punto fuera alcanzado.

A ese escenario se suman las declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump, quien afirmó que Estados Unidos se “cobrará” con el petróleo venezolano el costo de la intervención y que empresas extranjeras podrán invertir nuevamente en el país. El mensaje es brutal en su claridad: la democracia tiene precio y se paga con recursos naturales.

Venezuela, con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, vuelve a aparecer no solo como país en crisis, sino como territorio estratégico. La pregunta se impone: ¿qué tan libre puede ser una nación cuya “liberación” llega condicionada a la explotación de sus recursos?

Cotoret reconoce que existen deudas pendientes por expropiaciones durante los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Pero incluso si esas deudas son reales, el riesgo es evidente: que la reconstrucción del país responda más a intereses económicos externos que a un proceso democrático con controles, rendición de cuentas y participación ciudadana.

La historia no ofrece consuelo. Las intervenciones militares de Estados Unidos en Vietnam, Irak, Afganistán o Somalia derrocaron gobiernos sin garantizar estabilidad ni democracia. Cambiar de líder no es desmontar un sistema ni reparar una sociedad devastada.

Ese antecedente alimenta el mayor temor: que la captura de Maduro no signifique el fin del régimen, sino su reconfiguración. “En 2002 muchos celebramos la salida de Chávez y dos días después volvió”, recuerda Cotoret. La memoria política también es una forma de resistencia.

Esta entrevista no ofrece certezas ni finales cerrados. Deja, en cambio, una grieta abierta: cuando la esperanza llega en forma de invasión, algo esencial ya se había perdido mucho antes. Nombrarlo no es justificar la violencia, sino reconocer el tamaño del fracaso democrático que la precedió.

*Nelly Segura, periodista y escritora.

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@nellysegura1

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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