Rabia de la buena

Cuando publico una investigación que expone ilegalidades, crueldades o negligencias nace en mí una especie de satisfacción. Una sensación de que hice todo lo que pude hacer.

Una mañana de enero de 2020 nos reunimos para desayunar la periodista Stephania Corpi y yo en la Ciudad de México. No nos conocíamos en persona, pero habíamos trabajado juntas el año anterior para OpenDemocracy, una revista británica de periodismo de investigación. Ella en Costa Rica y yo en México, acudimos de manera encubierta a centros que aparecían en internet como clínicas de aborto, pero, al llegar, eran albergues para mujeres vulnerables de una organización de ultraderecha estadounidense. En la superficie, nuestro desayuno era algo social, pero en el fondo se sentía urgente. Lo que vivimos Stephania y yo en estos centros nos sacudió hasta la médula.

Empezó con un par de portales de internet, interrumpir-embarazo.com y quieroabortarcr.com, que prometen ayuda en la interrupción del embarazo. Los portales, repletos de insignias feministas como “Vivas nos queremos” y pintados con los colores del movimiento violeta y verde, ofrecen un número de WhatsApp. Al entrar en contacto, nos pidieron acudir en persona al centro y nos proporcionaron una dirección que no está en el sitio web. Los centros son casas en colonias residenciales, adecuados para funcionar una parte como albergue y otra como consultorio, a pesar de que no hay médicos presentes. 

Nos dijeron que el aborto, aun cuando se hace con pastillas en su etapa más temprana, nos pudiera causar hemorragias incontrolables, infecciones mortales, un supuesto síndrome post-aborto (del cual no hay evidencia científica) y hasta el suicidio. A mí, en México, me presionaron a que les diera el nombre y el contacto de mi pareja, diciéndome una y otra vez que la decisión de abortar también era suya. “¿Por qué no quieres tener a tu bebé?”, me dijo la voluntaria, mirándome fijamente y con un tono duro y de autoridad. Él sólo te tiene a ti”, agregó, a pesar de que el supuesto “bebé” tenía sólo seis semanas de gestación.

La manipulación emocional fue traumática, coincidimos Stephania y yo esa mañana, mientras esperábamos nuestros platillos. No hay película de terror que se acerque a esa realidad que viven miles de mujeres en toda América Latina que caen en las trampas del marketing digital de estos centros, todos, por cierto, afiliados a una organización católica con ligas al Partido Republicano de Trump, Heartbeat International.

Nosotras, a diferencia de muchas mujeres, no estábamos realmente embarazadas, gozamos de un nivel educativo tal que sabíamos que nos estaban mintiendo y de los recursos económicos suficientes para no tener que vivir en ese albergue. Tal vez es por eso que lo que vivimos nos llenó de rabia. Colegas de OpenDemocracy que acudieron a centros en otros lados del mundo reportaron que les dijeron mentiras aún más horrorizantes: que el aborto haría homosexual a sus parejas, que abortar causa cáncer, mientras que tener un bebé cura enfermedades serias como la leucemia. La investigación se publicó en 2019 y el impacto fue tremendo. En Argentina, por ejemplo, los grupos conservadores armaron una campaña de ataques en contra de la reportera. 

“¿Sabes qué más me dijeron en el centro?”, me preguntó Stephania esa mañana de enero; “que podía dar en adopción a mi bebé por fuera del PANI”, refiriéndose al Patronato Nacional de la Infancia, el equivalente al DIF en Costa Rica. La miré por un segundo. “A mí también”, le conté.

Nos pusimos a trabajar. Si estos centros estaban ofreciendo adopciones ilegales (posiblemente hasta incurriendo en tráfico de bebés) lo teníamos que saber y lo tendríamos que publicar. A pesar de la pandemia y todas las limitantes que eso trajo, construimos una red de periodistas en Argentina, Colombia, El Salvador, Honduras y Costa Rica que acudieron a esos centros este año y a quienes, en su mayoría, les ofrecieron adopciones por fuera de la ley. 

En México, los centros que detectamos ofreciendo esto son los de Vida y Familia, A.C., (Vifac). Vifac aseguró tener buenas relaciones con la procuraduría y la fiscalía a cargo de adopciones en el Estado de México, así como con una “jueza”. Nos ofrecieron también la “cancelación” del acta de nacimiento del bebé —un trámite que no existe y no es posible— a manera de garantía de que no quedaría rastro del embarazo. 

En respuesta a nuestra investigación, publicada en EL PAÍS el domingo, el DIF federal comenzó a indagar estas supuestas relaciones, ya que, precisó en un comunicado, ninguna organización civil puede intervenir en adopciones, ni siquiera prometer una adopción durante el proceso de gestación. En pocas palabras, Vifac opera completamente fuera de la ley.

Quizás la revelación más sorprendente de esta investigación es que las promesas de adopción no sólo son ilegales, sino que en la mayoría de los casos son falsas. Encargadas que recibieron a las reporteras en estos centros admitieron que la gran mayoría de las mujeres que llevan su embarazo hasta el final terminan no dando en adopción a su bebé. El objetivo, nos explicaron especialistas, es que la mujer evite el aborto, punto. Es manipular a la mujer hasta que ceda la autonomía sobre su cuerpo, su poder de decisión. El propio Vifac reconoció que una vez que nace el bebé no le dan seguimiento a las mujeres que salen de sus albergues porque su objetivo es “cuidar de la mujer embarazada”. Queda claro que no les interesa ayudar a la mujer necesitada.

Cuando publico una investigación que expone ilegalidades, crueldades o negligencias nace en mí una especie de satisfacción. Una sensación de que hice todo lo que pude hacer. Que puse mi talento, mi tiempo, mi energía hasta convertirlo en un trabajo profesional que puede generar un cambio. Estoy segura de que Stephania siente lo mismo, porque es parte de ser periodista. Pero, en este caso, gana la rabia. La rabia que nació cuando nos mintieron en nuestras caras, nos quisieron manipular, hacernos sentir culpables. La rabia de saber que se lo hacen a miles de mujeres todos los días.

La rabia que alimenta al feminismo, que alimenta el deseo de ver a toda mujer liberada, con autonomía sobre sus cuerpos, su maternidad y su vida.


Isabella Cota es periodista de investigación y corresponsal económica en América Latina de El País. Puedes encontrar su portafolio completo de trabajo en isabellacota.com 

Twitter: @Isabella_CS  | Instagram: @isacota | Facebook: Isabella.Cota.S


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