Tiendita de mi corazón

Todos llevamos una tiendita en el corazón, ésa que nos saca de apuros, la que nos ha visto crecer y que, con suerte, sobrevivió a la pandemia.

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Gabriela de la Riva

Todos llevamos una tiendita en el corazón, ésa que nos saca de apuros, ésa que nos vio crecer. De niños nos mandaban corriendo hasta su mostrador por huevo, azúcar o algún otro faltante y, con suerte, un chicle como recompensa. De jóvenes, siempre a la mano ante la amenaza de una cajetilla vacía o una reunión de última hora. De adultos, una en cada esquina de nuestros lugares comunes para lo que se ofreciera. De abuelos, cómplice perfecta para consentir a los nietos con unas golosinas. 

Las nombramos en diminutivo más por cariño que por otra cosa pues, aunque pequeñas físicamente, las tienditas son legendarias, resilientes y leales.

Son legendarias porque son un pilar del barrio mexicano desde hace siglos. Nacieron durante el Virreinato como “pulperías” o “mestizas”, siendo negocios familiares que abastecían de productos de necesidad básica a la población de escasos recursos. Después se convirtieron en “tiendas de abarrotes”, por los andamios con barrotes en donde se acomodaba la mercancía, y para fines de la época colonial ya eran las “tienditas de la esquina”, donde debían ubicarse por reglamento. Desde inicios del siglo XX y hasta la fecha, las tienditas son referente de dinámica comunitaria, fuente de trabajo y economía familiar. 

Son resilientes porque saben adaptarse a las condiciones y necesidades que las rodean. Las hay de todos tamaños y colores, con acomodos minuciosos o desordenadas, con publicidad a base de letreros o con presencia en redes sociales, pero las tienditas tienen algo en común: su flexibilidad y respuesta rápida a los cambios del entorno y demandas de sus clientes. Además, han sabido enfrentar la feroz competencia de las cadenas de tiendas de autoservicio.

Son leales porque están para nosotros en muchos sentidos. En la tiendita encontramos siempre lo que estamos buscando, desde un producto hasta un consejo. Ahí nos conocen por nuestro nombre, nos preguntan cómo va nuestro día y a veces también nuestra vida. Y es que tanta historia, tantas generaciones entrando y saliendo por sus puertas, tantas conversaciones, preocupaciones y confidencias de las que han sido testigo sus paredes, convierten a las tienditas en un radar único para medir los ánimos. 

Por eso, la tiendita mexicana la hace de termómetro social y centro de información para la colonia, de ejemplo de resistencia gracias a su modelo de negocio que se adapta y adopta nuevos elementos de supervivencia, y de agente de reconexión al ofrecer un espacio de encuentro y cohesión en el barrio. 

¡Y qué decir del tendero!, ese hombre o mujer al frente del negocio que es confidente y consejero, facilitador financiero de quienes no siempre tienen recursos, referente para quienes desean poner su propio negocio, constructor y narrador de las historias del barrio. “Somos los que les fiamos cuando no tienen. Acuden a nosotros cuando tienen dificultades”, nos dijo uno de ellos en nuestro recorrido antropológico para comprender mejor el ecosistema de las tienditas en nuestro país y que forma parte de la colección de estudios StreetWise que realizamos en www.delarivagroup.com

El tendero es todo un curador de productos y servicios que sabe elegir aquellos que hacen a su tienda única, no sólo satisfaciendo las necesidades de sus clientes sino dándoles pequeños momentos de disfrute que se quedan para siempre en la memoria. Yo aún recuerdo el nombre de la señora de la tiendita a la que iba de niña en Guatemala, donde crecí, ¿y tú?

El tendero observa, escucha y reacciona para incorporar novedades a su tienda. Lo hace tan bien que son las tienditas las que más rápido innovan. Te habrás dado cuenta, por ejemplo, que ofrecen cada vez más soluciones de tecnología como audífonos o cargadores, y que con la llegada de la pandemia rápidamente integraron a su oferta productos que entonces eran difíciles de conseguir como oxímetros y termómetros. De hecho, 62% de las tienditas en el país incorpora nuevos productos con base en lo que pida el cliente, aunque eso pueda implicar a veces vender productos ‘pirata’.

El gran acierto de los tenderos es que ese mismo trato humano y cercano que nos hacen sentir a ti y a mí, también lo consiguen con las marcas, proveedores y repartidores, lo que se traduce en beneficios para los clientes que van desde más variedad y mejores ofertas, hasta productos de regalo.

Las tienditas también son valientes y bravas. La gran mayoría sobrevivió a la pandemia, como ya lo habían hecho antes frente a nuevos competidores, crisis financieras o el incremento de la inseguridad, aunque no todas corrieron con la misma suerte: cerca de 17% cerraron durante el primer año de la crisis sanitaria, de acuerdo con datos de INEGI. 

En las cuentas finales, la pandemia trajo más cosas buenas que malas para las tienditas. Los tenderos recuperaron dignidad, autoestima y se convirtieron en guardianes del barrio. Innovaron en la manera de conectar con sus clientes y proveedores por medio de tecnología (tan básica como Whatsapp) o aventurándose a promoverse en redes sociales. Y, lo más importante, sus tienditas se revalorizaron como ese espacio legendario, resiliente y leal en el que tantos nos sentimos seguros.

¿Qué tal un #tienditamylove?

@delarivaG


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