Micromachismos a la carta

Los micromachismos en los restaurantes son reveladores del estado de las cosas en cuanto a lo que las mujeres hemos conseguido, o no, en el país y en el mundo.

Los restaurantes o “lugares de restauración” surgieron cuando los cocineros de los antiguos palacios de la Francia aristocrática se quedaron sin trabajo, después de que sus antiguos jefes perdieron literalmente la cabeza. Buscando reinventarse, pusieron sus habilidades culinarias a disposición de la nueva clase comercial y empresarial de Francia, y después de Europa. Desde entonces al día de hoy, la mesa es un reflejo de las relaciones de poder. Si nos fijamos con cuidado en los hábitos y estilos de cómo somos atendidos por el servicio gastronómico podemos ver mucho sobre las jerarquías de una sociedad.

En ese tenor, los micromachismos en los restaurantes son reveladores del estado de las cosas en cuanto a lo que las mujeres hemos conseguido, o no, en el país y en el mundo.  

Cuántas veces una mujer es quien pagará la cuenta con su tarjeta de crédito y el mesero, aun cuando vio que ella puso su tarjeta, a la hora de traerla de vuelta para que el voucher sea firmado se lo entrega al hombre. A menudo incluso cuando se trata de una mesera.

Otra situación recurrente es cuando la mujer pide un corte de carne y se lo traen al hombre, presuponiendo que las mujeres prefieren la carne blanca o la ensalada, que en efecto las mujeres no comen “comida de hombres”. Lo mismo con las cervezas o los “tragos duros”, bajo la idea de que es poco femenino que ellas consuman alcohol, y si lo hacen debe ser en forma de coctel o con mezclador. 

Por cierto, el estigma en torno a las mujeres que beben no es nuevo: Rómulo, uno de los dos hermanos del mito fundacional de Roma, prohibió a las mujeres beber; a su vez, el código de Hammurabi, ese que aprendimos en la secundaria, vedaba con violencia el consumo de alcohol por las mujeres: quienes lo hicieran habían de ser quemadas. A Cleopatra los griegos y romanos la censuraban no sólo por ser una mujer gobernante y dueña de su sexualidad, sino también porque bebía a sus anchas. Y se cree, por último, que mucho del atuendo clásico de las brujas, que involucra un sombrero picudo alto y una túnica, era el de las mujeres que en el medievo fermentaban y comerciaban sus propias bebidas alcohólicas –Bel sombrero picudo era para ser fácilmente reconocidas en el tumulto de los mercados –.  

Pero, dejando al pasado atrás – o ni tanto, en efecto –, cuántas veces como mujeres ordenamos un plato al mesero y este, en vez de mirarnos a nosotras, ve al hombre en la mesa como buscando su consentimiento antes de hacer la anotación. Como asumiendo que será el hombre quien pagará la cuenta y, aún más importante, dará la propina. U otro ejemplo de lo mismo: restaurantes donde el menú para la mujer no incluye los precios de los alimentos; una vez más, presuponiendo que será el hombre quien pagará y ella además no puede enterarse de lo que cuestan las cosas –como si viviera en otro siglo– y en todo caso no tendría el poder adquisitivo para pagar la cuenta. Todo lo anterior como si las mujeres fueran menores de edad. Como en el desalojo del Titanic: “mujeres y niños primero” (orden en el que se sirven los platos en la mesa, por cierto).

Pero la mesa tiene también el poder para transformar a la sociedad. Por eso, incontables artistas – desde Da Vinci y Rubens hasta Gauguin o, más recientemente, la estadounidense Nicole Eisenman, han hecho de la gente congregada para comer una alegoría del poder de la comunidad y de la reunión entre diferentes en un plano de igualdad – la mesa exige que todas las sillas, sin importar su tamaño, estén a la misma altura –, donde la misma comida esté al alcance de todos. Como debe ser y como esperamos que la industria restaurantera nos ayude, y no impida,  estar. 


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