May 26

Ho’oponopono

Hay que aprender a soltar. El enojo. El dolor. La decepción. La traición. Hay que dejar ir eso que solo sirve para intoxicarnos y nos quita la posibilidad de disfrutar y crecer.

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L’amargeitor

Resulta que Hawai jamás había estado en mi lista de viajes pendientes, ni me llamaba tantito la atención, y, de pronto, se me cruzó en el camino con una oportunidad única, cortesía de mi mamá, de mi papá y de una sobrina que decidió irse a casar hasta allá.

Yo creía que iba a una playa y, si les digo la verdad, pensaba que qué necedad de esta pariente de irse tan lejos, cuando en este país tenemos tantas playas tan espectaculares y a la cuarta parte de los precios.

Me equivoqué.

De Hawai lo que menos me impresionó fueron sus playas, ¡y miren que sus playas son unas más espectaculares que otras! Negras, verdes, de coral, de arena blanca… Un paraíso tras otro en donde si tienes la suerte de tener un visor y meter la cabeza al agua, en menos de dos metros puedes estar nadando junto a tres tortugas, peces de colores impresionantes y una vida marina virgen y amplia. 

Tampoco fue su biodiversidad (según el libro Hawwaii de James Michener –que estoy leyendo y que les ULTRA recomiendo– el 95% de las especies que hay en Hawai, ¡solo existen en ahí!) su vegetación impresionante, sus flores de todos colores (¡todo tiene flores!), sus miles de pajaritos diferentes que parece que alguien pintó con un pincelito uno por uno; ni sus cascadas majestuosas, sus arrecifes maravillosos, sus vistas asombrosas y el hecho de vivir a merced del rugido de sus cinco imponentes volcanes. 

O lo de poder ver con mis ojitos cómo la tierra saca fuego de sus entrañas. Ni las 100 millones de actividades turísticas (una más espectacular –y cara– que la otra) que puedes hacer.

Tampoco fueron sus atardeceres, que son, sin lugar a dudas, de las cosas más fabulosas y hermosas que mis ojitos han visto, que cambian por minuto sin que ni una sola foto (de las 300 que no puedes evitar tomar) les hagan medio centímetro de justicia. 

Es el cacho de tierra más nuevo del planeta y, por lo tanto, se siente como echarte un viaje para atrás en el tiempo. 

No se confundan, es un lugar absolutamente civilizado en donde además de haber todo lo necesario en cuestión comercial, los hoteles más lujosos y carreteras 100 millones de veces en mejores condiciones que cualquiera de las vías principales de nuestra CDMX (lo cual no está muy difícil, pero su infraestructura sí está muy espectacular) hay todavía muuuucho espacio muuuuy virgen. Kilómetros y kilómetros de tierra volcánica que dan la impresión de ser un brownie quemado gigante, con cabras salvajes cruzando las carreteras y bosques infinitos llenos de animales. Horas de coche, de costa y de paisajes que te dejan sin aire y nos recuerdan qué pequeños somos y cuánto nos hemos perdido a nosotros mismos y desconectado de la Madre Tierra, viviendo en nuestras junglas de asfalto.

Pero no, no fue nada de eso…

Lo que más me impresionó de Hawai fue su cultura y su gente. El apego a sus tradiciones. A su lenguaje y sus hermosas palabras y sonidos. Cuando hablan cantan. Cuando bailan parecen olas de mar. 

La conexión que tienen con la Tierra y el respeto y protección que ejercen ante ella  y sus habitantes.

Las playas tienen letreros explicando las especies que puedes ver, las medidas a tomar, la distancia a guardar ante ellas. Desde no usar bloqueadores tóxicos para el mar (cosa que todos tendríamos que hacer ya de manera obligatoria habiendo tantas buenas opciones) hasta lo que te puede costar la multa de acercarte demasiado a un delfín y qué hacer si éste se acerca a ti para no molestarlo (no como aquí, que vamos acosando ballenas para tener una mejor foto y provocando accidentes lamentables para ambas partes). Las playas son públicas, ¡todas!, incluso las de los hoteles por más exclusivos que estos sean. Todo el mundo tiene derecho a usarlas (que no los amenities del hotel, pero pues eso viene siendo lo de menos si puedes llegar con tus toallas y tu hielera) y eso me parece muy evolucionado… O muy básico.

Los hawaianos saben que no son dueños de la Tierra, sino parte de ella. Que el espacio se comparte con otros seres y que es su deber y su responsabilidad proteger a las demás especies y el lugar en el que todos cohabitan. No solo honran a la naturaleza, a su cultura y a su historia, la promueven, están orgullosos de ella y viven en otra frecuencia interna que los hace relacionarse de manera muy distinta con la externa y les permite conectarse con la Tierra de una forma asombrosa y desde un lugar de absoluta humildad y agradecimiento a ella, en lugar de la “superioridad” y la arrogancia de esta parte del mundo, en donde se hacen trenes que arrasan con selvas y especies enteras, solo por dinero (y por pendejos).

Su filosofía es, sin lugar a dudas, lo que más me tocó el corazón. Su aloha, que significa amor y que te dan a manos llenas al llegar e irte de cualquier lugar, y que te repiten una y otra vez con la calidez en los ojos y en las sonrisas. Mahalo, gracias, siempre gracias.

Y muy especialmente su ho’oponopono… la teoría hawaiana, milenaria, del perdón.

De acuerdo con la Real Academia Española, las palabras perdón y perdonar provienen del prefijo latino per y del verbo latino donāre, que significan, respectivamente, “pasar, cruzar, adelante, pasar por encima de” y “donar, donación, regalo, obsequio, dar”, lo cual implica la idea de una condonación, remisión, cese de una falta, ofensa, demanda, castigo, indignación o ira, eximiendo al culpable de una obligación, discrepancia o error. 

Qué importante es eso del perdón en cualquier idioma, para cualquier persona y en cualquier situación. Ho´oponopono es una teoría, pero, más allá de eso, una práctica que hace un llamado a regalarse la posibilidad de “soltar” toda situación que nos genere problemas y a agradecer, porque esto coloca automáticamente a la persona por encima de dichas situaciones.

Ho’oponopono engloba el significado de “lo siento (validar). Por favor, perdóname (humildad). Te quiero (conectar). Gracias (reconocer)” y consiste en repetir sistemáticamente estas palabras para grabarlas en el cerebro, resolver nuestros enganches y procesar nuestros días. Un mantra, por decirlo de algún modo.

Es la “receta” hawaiana para superar cualquier problema, para avanzar, para conciliar, para aceptar y para resolver. Los hawaianos dan una gran importancia a la resolución del conflicto a través del diálogo, de “sacar los trapitos al sol” en grupo y de evitar malos entendidos enfrentando las situaciones con alguien más o con uno mismo en lugar de ir acumulando rencores que pesan tanto.

Y es que perdonar es indispensable siendo que, imperfectos mortales que somos, nos equivocaremos, todos, un millón de veces, y a menos que pretendamos vivir aislados, sanar nuestras heridas y encontrar maneras de seguir avanzando será siempre la única manera de que una relación, cualquiera, prospere.

Perdonar se dice fácil. No es. Hay cosas que siguen y seguirán doliendo por años, pero quedarse aferrados al rencor y al enojo no resuelve absolutamente nada y, lejos de eso, nos amarga el resto del camino y nos impide evolucionar. Hay que aprender a soltar. El enojo. El dolor. La decepción. La traición. Hay que dejar ir eso que solo sirve para intoxicarnos y nos quita la posibilidad de disfrutar y crecer. Porque el perdón engrandece y libera. Porque al perdonar avanzamos, crecemos, y nos permitimos sanar y que el otro también lo haga.

Perdonar al otro cuesta mucho trabajo, pero nunca tanto como perdonarse a uno mismo y esa es también parte central del Ho’oponopono: aprender a hacer la paz contigo para poder vivir en paz con los demás, sabiendo que el agradecimiento constante por lo que hay y lo que es, es el único camino.

Aceptar, agradecer y soltar como el acto supremo de amor hacia el otro… Y hacia nosotros mismos, para poder seguir adelante, ir por la vida más ligeros y tener una existencia de mucho mejor calidad.

No cabe duda que, como decía mi papá, todos los viajes ilustran. Pero hay unos que marcan. Este para mí fue uno de esos. No por lo que hice, no por lo que vi, no por lo que comí o todo lo que gocé (y vaya que todo eso fue absolutamente espectacular), pero fue por lo que sentí. 

Hawai es, sin lugar a dudas, un paraíso en muchísimos sentidos, pero su principal tesoro es, definitivamente, su sabiduría.

Tan básica, tan profunda, tan clara, tan fluida, tan primitiva y al mismo tiempo tan evolucionada… Hawai te atrapa por todas partes y te mece con su ukelele constante, suave, alegre y tan lleno de paz que se escucha sin cesar por todos lados mientras los ojos se llenan de colores y el alma se va contenta, aunque dejes irremediablemente un cachito de ti a vivir ahí y te lleves esa isla puesta, para siempre, en el corazón.

Gracias, Pau, por llevarnos hasta allá a esta aventura familiar llena de amor que tanta falta nos hacía después de tantas pérdidas. Te deseo toda la felicidad del mundo y una vida llena de agradecimiento, de amor, de música de fondo y el Ho’oponopono como método principal para caminar por la vida de la mano de tu Antonio, que ahora también, como dictan las leyes hawaianas, es automáticamente parte de nuestra tribu.

Mahalo

@Lamargeitor 


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