Volver, volver…

Mi abuela fue secuestrada hace 18 años por un Alzheimer… desde entonces, todo ha sido cuesta abajo y sin piedad alguna.

Haría lo que fuera por volver a los brazos de mi abuela otra vez. Ella me enseñó a cocinar, tejer, bordar, tocar el piano, a amar el arte con la misma devoción que a Elvis Presley, Freddie Mercury, París, Edith Piaff, Charles Aznavour, Verdi, Puccini y Donizetti.  Me enseñó también a no juzgar y a que las puertas que parecen cerradas, invariablemente se van a abrir para todo aquel que es persistente y valora una oportunidad, por eso siempre me sentí afortunada de ser la nieta mayor y heredera natural de todo aquello que realmente le apasionó en la vida.

Fue la clase de mujer que cantaba a gritos en la regadera “I want to break free”, un cascabel alegre que hacía los desayunos dominicales más épicos de la historia (de la mía al menos), con Puccini de fondo mientras explicaba con un histrionismo digno de una prima donna el harakiri de Madame Butterfly.

A mi abuela la educaron para ser una gran ama de casa y le facilitaron todas las herramientas para ser la mejor: clases de cocina, piano, historia del arte, inglés, francés, literatura, corte y confección, enfermería y manualidades múltiples; lo cual hizo de ella una mujer culta, inquieta y sumamente curiosa, pues siempre estuvo dispuesta a seguir aprendiendo.

Por la manera en que hablaba de su pasado, se podía ver que estaba lista para conquistar este y muchos mundos. 14 propuestas rechazadas de matrimonio lo avalaron, hasta el día que apareció mi abuelo, quien tuvo el tino de ser el número 15 y ella no tuvo más remedio que entregarse al amor puro y desbordado que sentía por él. 

14 años después, con 36 años, un divorcio y 5 hijos, le tocó vivir una vida para la que no estaba ni remotamente preparada, pero como tantas mujeres en esa situación, la sacó adelante sola, ante los ojos de la misma sociedad que la cobijó toda su vida y que en ese momento condenaba el divorcio cual pecado maldito, llevándola a “asumir la vergüenza” que en ese entonces significaba tal destierro por haber priorizado su dignidad.

Por eso mi abuela no tenía dinero, propiedades ni joyas; su mayor tesoro fue su piano, el cual tuve la fortuna de heredar cuando se mudó a Veracruz, en 2002.   Ella sabía que nadie iba a valorarlo y cuidarlo más que yo, y tenía razón; el simple hecho de abrir la tapa, quitar el fieltro que hizo especialmente para cuidar del polvo las teclas y respirar profundo porque aún conserva su olor, irremediablemente me obliga a cerrar los ojos, regresar a mi infancia y sentir sus manos con artritis sobre mis manitas de niña enseñándome a tocar “Frère Jacques”.

Me cuesta mucho hablar de ella en presente porque me niego a aceptar que sigue aquí, porque ese conjunto de huesos apenas cubiertos por piel que están postrados en una cama siendo alimentados por una sonda, no es ni la más remota sombra de lo que fue.  

Mi abuela fue secuestrada hace 18 años por un Alzheimer sumamente cruel que llegó por ella unos días antes de su cumpleaños número 65. Desde entonces, todo ha sido cuesta abajo y sin piedad alguna.  

Durante 11 años, con mucha insistencia y paciencia, lograba hacerla regresar por unos cuantos minutos con una dinámica que llamé “Árbol genealógico” y que consistía en recordar con ella de dónde viene hasta llegar a su presente.

Cuando se daba cuenta de que era yo quien estaba frente a ella, se le llenaban los ojitos de alegría y enseguida se pintaba una sonrisa que iluminaba su carita: “Meli…? Meli! No lo puedo creer… Estás tan grande! ¿Eres muy feliz mi amor?”  Recuerdo que las primeras veces, ante la emoción de verla de regreso, trataba de hacerle un resumen ejecutivo de mi vida en cinco minutos, como si ella pudiera procesarlo, como si fuera a recordarlo después.  

Dado que mi naturaleza es totalmente descriptiva y de nula síntesis, nunca logré llegar a contarle todo lo que quería que supiera porque de pronto, esa atención se diluía, los ojitos se le nublaban de nuevo y su sonrisa se difuminaba otra vez con un aniquilador e inesperado “¿Y tú de dónde eres hija?”.

Cuando me divorcié, mi abuela aún podía caminar y hacer salidas muy sencillas a casa de mis tíos. Yo estaba harta de escuchar las opiniones de lo que mi familia hubiera o no hecho en mi lugar durante mi separación, por eso una tarde me interné con ella en el sillón y evadiendo por completo a todos, me dispuse a hacer la ya famosa rutina del árbol genealógico una y otra vez, inventándome futuros probables que nunca fueron.

Ese día fui bailarina, astronauta, arquitecto, mamá de cuatro criaturas, pianista, científica, doctora, arqueóloga y hasta medallista olímpica.  No hubo una sola profesión que ella no festejara por mí, a cada uno de sus ya famosos: “¿Y eres muy feliz mi amor?” respondí con los ojos llenos de agua: “Muy feliz abue”, totalmente consciente de que ese momento se disolvería en 5, 4, 3, 2… “¿Y tú de dónde eres hija?” Y volvíamos a empezar de nuevo: “Tú te llamas Sonia, eres hija de Ernestina y Alberto. Tu papá te decía Perlita…”

Nunca voy a olvidar cómo aquella vez mi abuela, desde ese lejano planeta que habita, logró contenerme como siempre lo hizo y ser ese remanso de paz que tanto necesitaba en momentos en donde simplemente yo no la encontraba por ningún lado.

El día menos pensado, nuestra rutina perfeccionada del árbol genealógico perdió eficacia y ya no hubo forma de traerla de vuelta, oficialmente se había mudado de galaxia para nunca volver.  

Hace 4 años, un domingo por la mañana fui a Veracruz a verla y recordé aquellos desayunos dominicales con sus famosísimos frijolitos de olla (que realmente  fungían como guarnición de su característico histrionismo operístico), y me pareció un buen momento para escuchar nuestras arias favoritas otra vez, aunque fuera desde mi teléfono.

Para entonces, ella prácticamente ya había perdido el habla, pero inmediatamente brillaron sus ojitos al escuchar los primeros acordes de “La furtiva lágrima” y con una sonrisa claramente llena de nostalgia, tarareó cada nota de principio a fin.   

Quise creer que se acordó de mí, de nuestros domingos, de cuando me llevó por primera vez al Palacio de Bellas Artes a los 13 años y vimos “Elixir de Amor” de Donizetti, de su emoción cuando el tenor cantó esa misma aria que hoy nos estaba reuniendo en un escenario completamente diferente.

En esta historia que me cuento una y otra vez, esa fue nuestra despedida, pues confieso haber perdido la fuerza y el valor para ir a verla a Veracruz. Mi Perlita no solo dejó de tener idea de quién es, sino que olvidó por completo caminar, comer y en cualquier momento, respirar.    

Probablemente me convertí en la peor nieta del mundo por no querer verla así, y no estoy tratando de excusarme, pero es que reencontrarla en estas circunstancias me deja emocionalmente devastada por meses y ella genuinamente ni siquiera se entera de que estuve ahí.

Hace unos días volví al Palacio de Bellas Artes después de más de un año y medio sin poder hacerlo, me bajé del coche y en automático se me llenaron los ojos de lágrimas ante semejante majestuosidad, y es que después de tanto tiempo “sin vernos”, sentí exactamente la misma emoción de aquella primera vez que entré del brazo de mi abuela.

Me sentí profundamente afortunada de estar ahí después de tantos meses de pensar por momentos que las cosas nunca volverían a ser como antes, y si bien no lo son, lo que es un hecho es que hoy hay algo de magia en regresar a ellas después de sentirlas perdidas tanto tiempo. 

Por eso, prácticamente lloré durante todo el recital que tan generosamente ofreció Javier Camarena, el cual cerró magistralmente con su ya icónica “Ah! mes amis” de Donizetti (un regalo muy preciado para quienes somos amantes de la ópera), lo que inminentemente me hizo volver a ella, siempre a ella cada vez que hay una ópera de por medio. 

Salí extrañando a mi abuela más de lo que estoy acostumbrada y desde entonces, no me la puedo quitar de la cabeza; sin culpa alguna pido desde lo más profundo de mi ser que ya no sufra más, que esta pesadilla que lleva 18 años viviendo, termine pronto.

En el coche sonaba “Volver, volver” en voz de Camilo Sesto, empecé a tararearla al compás de mi extrañamiento acumulado e infinito agradecimiento hacia ella por ser esa influencia galopante que moldeó a la mujer que soy hoy.   

Desde entonces, no dejo de pensar que quizá lo que ella está esperando para poder irse en paz, es que vaya a decirle con todo mi amor y el abrazo más fuerte de este y otros mundos, que la función terminó, que es hora de volver a casa.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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