Hasta pronto, Almita

Es esta, la noche en la que escribo estas letras, una noche triste, tristísima

  
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Es esta, la noche en la que escribo estas letras, una noche triste, tristísima.

Por la cabeza me pasan los momentos en los que Almita era espontáneamente abrazada por sus hijos. Primero su hija, su hijo después, en ese dolor silencioso que no alcanzan a expresar los pequeños, los que quieren acabar con un algo que no entienden, que los supera, que supera a cualquiera. Y que en sus últimos días escuchan a su mamá quejarse porque está cansada, porque se siente abandonada por su país, se siente sola.

No se queja por ella, sabe que tiene los días contados, se queja por sus compañeras, sus historias son las que le sacan las lágrimas, que sus hijos intentan secar cuando se le acercan y se asoman a la cámara del teléfono teléfono. Pegan sus caritas contra la de su madre que aún tenía calor, ese que hoy ya se fue. Alma me tomó la llamada para ser entrevistada casi quince días antes de morir. Quien nos contactó me avisó primero que sería su madre con quien iba a hablar, puesto que ella ya estaba muy grave.

Finalmente, Alma decidió dar la entrevista. Había acudido al Hospital de Cancerología en donde le negaron la atención, argumentaron que no recibirían pacientes de emergencia, tendría que hacer una cita. Sin embargo, a su cuerpo se le acabó el tiempo. Durante su tratamiento que inició con un cáncer de mama fue tratada en FUCAM (Fundación de Cáncer de Mama), cuando este aún contaba con el programa del Seguro Popular, que no sobra decir, sí era seguro, y sí era popular. Así que le tocó vivir la desaparición del programa, la bancarrota de una enfermedad, y llegar a casa desahuciada y sin alguien que le brindara cuidados paliativos. Veo el teléfono para buscar nuestra última conversación. Alguien está en línea, temo escribir. ¿Será su hija? ¿Su madre que la acompañó durante todo este proceso? ¿Qué haces con un número cuando la persona que ahí contestaba ya no está?

Y a la vez, esta historia no es del todo desesperanzadora. Del otro lado del teléfono, en otros contactos, hay dos personas más. Mariana, quien me dio a conocer la muerte de Alma, quien me permitió contactarla y me aseguró: “Estaba muy agradecida por pasar sus últimos días en una cama cómoda.”

Y aquí viene la otra persona en esta historia. Antes de colgar con Alma, en lo que es una de las entrevistas más tristes que he hecho, le pregunté si podía ayudarla de alguna manera, me dijo: “necesito una cama”. Alma necesitaba una cama de hospital. Acudí a un grupo de mujeres brillantes y generosas para saber si alguna de ellas tenía ya camino andado en esos terrenos, y de inmediato Juana Ramírez contestó: “Yo me hago cargo.” Almita fue contactada por la Fundación Guerreros;  de inmediato le llevaron una cama de hospital, despensa para ella y sus hijos, con una dieta basada en sus requerimientos y lo necesario para recibir cuidados paliativos.

Confieso aquí que llevaba más de un año buscando testimonios de mujeres con cáncer de mamá que hubieran atravesado el tortuoso camino que implicó la desaparición del Seguro Popular. No lo había logrado, no por que no existieran, sino porque no querían dar su testimonio, y es comprensible ¿quién atravesando por una enfermedad como esa quisiera además dar una entrevista a un medio de comunicación y volverse después blanco de ataques de quién sabe cuántos desconocidos? Nadie. Almita sabía que iba a morir, quizá eso fue lo que la animó a alzar la voz, ya no fue por ella, fue por las que faltan. Ella pensó en las demás, y encontró a otra que pensó en ella. Y eso me recuerda otra historia, que tiene su lado más luminoso en este espacio, Opinión 51.

Se trata de la historia de Alan, y la columna, Oaxaca, tan lejos de Dinamarca. Alan es un pequeño con cáncer que no podía ser operado porque su hospital no tenía médicos, fue enviado a pedir ayuda a la Ciudad de México en donde se le ignoró porque ya había sido “atendido” por un hospital en Oaxaca. Fueron varios los lectores que de inmediato preguntaron en dónde podían depositarle dinero a la mamá de Alan.

Yo estaba renuente a dar un número de cuenta, puesto que creo que es una obligación del Estado, y que la ayuda de la ciudadanía se convierte en un infernal e insanable infinito. Una lectora insistió, ella había atravesado una situación personal con la enfermedad, y dijo, palabras más, palabras menos, si podemos pagar la suscripción a este sitio, podemos ayudar con algo a la mamá de Alan, es la obligación de quienes somos más afortunados. Tenía razón. Varias personas se unieron a su llamado. Comparto aquí, un video con la autorización de la mamá de Alan para todas las generosas personas que se unieron al llamado de un niño a quien no conocían.

Alan fue operado y se recupera con éxito de la cirugía. Quizá, tanto Almita como Alan fueron abandonados por el Estado, pero nunca estuvieron solos.

¡Gracias!

Para los hijos de Almita, esta pequeña historia que escribí hace años.

Hasta Pronto

Por: Pamela Cerdeira

Esta es una historia que llevo tiempo queriendo contar, quizá tres años, quizá más. Pero son ya 3 días desde que la escribí por completo en mi cabeza que me ha quitado el sueño y que espero, tras dejarlo todo aquí, recuperarlo. Tenía pánico a escribir esta historia, como si se fuera a tratar de mi propio réquiem, pero esta madrugada descubrí que no la estaba viendo a través de los ojos de quienes a mí me llorarían, mis hijos, sino que me aterraba escribirla por que la estaba viendo a través de mis propios ojos, los de una niña que aún llora a alguien que se fue y los de una adulta que sigue sin comprender por qué algún día todos tenemos que morir.

Estoy en el baño, que lugar mas raro para que alguien venga a darte noticias serias. Mi tía viene con cara de enojada, o de preocupación, no sé. Pero yo no hice nada malo, ¿me irá a regañar? Mis papás se fueron de viaje hace dos semanas, ella me está cuidando, parece como si fueran vacaciones. Se sienta frente a mí. ¿De verdad no puede esperar a que yo termine lo que estoy haciendo para hablar? ¿Por qué en el baño?

 -Tengo que decirte, que tu mamá ya no va a regresar. Se fue al cielo.

No entiendo muy bien, bueno, sí entiendo, pero se supone que este es el momento en el que todo mundo espera que me suelte a llorar y grite como lo hacen en las telenovelas que no me dejan ver. Pero yo no siento ganas de eso. Es más como si fuera un sueño. Tampoco me siento triste, llevo ya dos semanas sin verla ¿qué serán otras más?

Papá ya volvió, viene solo y se ve triste. Nunca antes lo había visto llorar. De hecho pensé que los papás no lloraban. Dice que él también va a extrañar a mamá, pero que mamá siempre va a estar aquí conmigo. Eso no me queda muy claro. Comienza a llegar más gente y todos tienen la misma cara de papá. Algunos me dan regalos, otros, que ni siquiera conocía me invitan a quedarme en su casa, hay quien ha mencionado hasta salir de viaje. Sigo sin entender por qué yo no puedo llorar, si mamá estuviera aquí, seguro que ella sí me lo podría explicar.

-Recemos para que tu mami esté en el cielo, dice un padre. ¿Por qué no mejor rezamos para que regrese?- Pienso, pero me lo callo.

- Tu papi te va a cuidar muy bien, dice otra tía- Pero ni siquiera me sabe peinar.

- Vas a ver que tu mami va a estar aquí contigo -repiten todos.

Puedo entender que los adultos también digan mentiras, pero decirme que mi mamá va a estar conmigo es muy cruel. Cuando paso afuera de su puerta espero verla acostada, como siempre estaba. Aunque no jugara conmigo, sabía que ahí iba a estar, para enseñarle un dibujo, contarme un cuento o ver la tele juntas. Hoy cada vez que paso ya no está. Lo intento en el día, en la tarde, en la noche y caminando de reversa. Siempre es lo mismo, ella ya no está.

Ya la busqué en la cocina, en los libros y su olor todavía está impregnado en su celular. Cuando lo tengo cerca, lo tomo entre mis manos, lo huelo y cierro los ojos, juro que la escucho hablar, pero los abro y ella no está.

Ahí está su ipad, el que no me dejaba agarrar. Ahora nadie lo usa. Papá dice que me lo puedo quedar, pero sin ella ya no tiene tanto chiste, es como si todo lo que hubiera usado se quedara sin vida también, su maquillaje, los zapatos con los que no me dejaba jugar, todo eso se murió ¿será que las cosas también pueden extrañar?

He vuelto a la escuela y todo se ve gris. Los primeros días me saludan diferente, pero al cabo de una semana ya nadie recuerda que mi mundo se rompió. Pienso que tendría que encontrarle a esto algo bueno, ahora podría hacer todas esas cosas que mamá no me dejaba, después de todo ya no estará aquí para regañarme.

Hoy será el día, subiré a la azotea de la casa para caminar por la orilla. Tengo un excelente equilibrio, podría ser gimnasta o trabajar en un circo, pero nadie me había dejado probarlo. Me pongo mi mejor leotardo, unas zapatillas de ballet y subo emocionada por la escalera de cuerda que cuelga de la pared. Ya llegué, estoy arriba, parece la cima del mundo. Desde aquí todos se ven chiquititos y una vez que ponga el pie sobre la orilla nadie podrá detenerme. Pongo el pie sobre la pequeña bardita de la orilla, está resbalosa, pongo fuerte esa misma pierna para poder subir la otra y justo cuando estoy a punto de hacerlo oigo su voz.

- ¡NO! Te vas a caer.

No vino de fuera. Sólo la pude escuchar yo. Pero estoy segura que era la voz de mamá, estaba en mi cabeza y fue ahí que entendí que esa era la forma en la que ahora ella iba a estar aquí. Y entonces, lloré.

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