2 de octubre, las plumas de hoy

¿Por qué el 2 de octubre no se olvida? Lillian Briseño escribe sobre ese día de 1968. Renata Roa nos hace reflexionar sobre la verdad y con Laisha Wilkins exploramos la valentía de los periodistas.

¡Sábado! Hora de preparar un café rico y leer a sus columnistas favoritas…

Un día como hoy, pero de 1968, se vivió una de las jornadas más oscuras en la historia de nuestro querido México: la matanza de Tlatelolco, aquella manifestación de estudiantes previa a las Olimpiadas que terminó en sangre. Si quieres estar por unos minutos en esa plancha, con el sonido de las armas, los gritos y los demás elementos que conformaron la escena lee a Lillian Briseño quien, en una crónica ágil, nos hace ver la importancia de lo sucedido en su columna 2 de octubre no se olvida.

Vámonos un poco más al norte con Renata Roa, nos acerca una narración de las inundaciones ocurridas en Tequisquiapan, Querétaro, desde su propia experiencia. Momentos de desesperación ante la amenaza de la corriente que subió en la madrugada, y la indignación por la pasividad de las autoridades que no alertaron que el agua podría llegar a las casas.

Para cerrar este increíble newsletter, te dejamos con algo de Laisha Wilkins, quien esta vez nos confiesa que ella, en realidad, quería ser periodista, pero la experiencia de cubrir un hecho doloroso y crudo la alejó de ese camino. Una reflexión en audio y texto que nos hacer ver por qué este oficio no es para todos.

¿Qué vas a desayunar? A gozar del fin de semana, descansa.

Puedes leer las columnas dando click, no olvides dejar tu opinión:

Lillian Briseño

El 2 de octubre no se olvida

No se olvida, pero por si acaso, bien vale la pena recuperar por qué lo tenemos que recordar.


Renata Roa

¿Por qué nos da tanto miedo la verdad?

¿Será que nuestra cultura de “es mejor pedir perdón que pedir permiso” nos inculque arreglar en vez de prevenir?


Audiocolumna | Laisha Wilkins

Yo quería ser periodista…

“Después de hora y pico llegamos a un camino terroso que nos llevó a la casa de Angélica de 12 años, vivía en una casa de láminas y pedazos de madera, en el interior continuaba el suelo terroso, era un espacio pequeño con una estufa de leña improvisada y una letrina que compartía con cinco hermanos y sus padres”


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