Cómplices del olvido

No busquemos espacios seguros en la ignorancia.

Normandía, Francia.- Visitando el museo del Día D en el norte de Francia, ese espacio dedicado a no olvidar y conmemorar la valentía de los aliados cuando al fin llegaron a las costas de este espectacular lugar aquel 4 de Junio del 1944 traté de despojarme de nuestros temas y susceptibilidades actuales. No pude.

Como mujer, mexicana y judía, siempre he vivido la historia de las segunda guerra mundial con particular cercanía y dolor. Uno que difícilmente se comparte con quienes no crecieron escuchando respecto a esos cruentos días del siglo pasado, y mucho menos para las nuevas generaciones que ya no conocieron ni por error a los sobrevivientes de la guerra, de los campos de exterminio nazi ni de una Europa ocupada por un fanatismo rampante por un líder que le decía a una nación, devastada por la guerra pasada, que ciertos grupos de personas tenían la culpa de todo y había que destruirlos.

Nada de esto era noticia para mí. A los 16 años me llevaron a conocer Auschwitz y a caminar entre los dos campos en la llamada Marcha de la vida, la cual en su momento durante los años previos e incluso mientras se llevaba a cabo ese desembarque en Normandía, se llevaba a cabo con los prisioneros y se conocía como “la marcha de la muerte”, porque con los niveles de devastación, el frío, los golpes y absoluta desnutrición de quienes tenían que caminar esos caminos en la Polonia tomada por los Nazis, era casi imposible de sobrevivir esos tres kilómetros.

Años después, visitando el lugar donde se llegó a iniciar el retiro que acabaría con el régimen de Adolfo Hitler, me quedé helada. Pensaba que a mí ya me lo habían contado todo.  Sabía, por supuesto, de la propaganda que se hacía a partir de los estereotipos más burdos respecto a las minorías como los gitanos, los homosexuales, los judíos. No había visto los originales. Hice un viaje de un minuto que duró más de ochenta años para aterrizar en nuestra realidad, en el México nuestro. ¿Aprendimos algo de todo esto? Porque honestamente, cada vez que en mi experiencia se toca el tema de manera pública en nuestro México nunca falta la respuesta de, “Por qué mejor no te fijas en lo que pasa aquí”. Y yo me pregunto, ¿De verdad queremos aprender lecciones actuales ignorando la Historia del mundo? ¿Los movimientos basados en el fanatismo que devastaron millones de vidas?

Y así brinco a las generaciones más recientes. Aquellas que siempre quieren su espacio seguro. Mientras veía esas espantosas caricaturas propagandísticas me pregunté a mi misma si debía​ ​ compartirlas con el mundo. ¿Habría forma de explicar todo el contexto antes de que alguien decidiera “cancelar” la conversación por sus imágenes racistas? ¿Habría tiempo de explicar, antes de ser mandada al infierno de los denostados por el cristal emocional que nos domina ahora, que justamente el “Jamás olvidar para que la historia no se repita”, requiere precisamente de esos momentos incomodos? ¿De ver esas imágenes y entender lo que provocaron, en lugar de curar las cosas a tal grado que se quedaran en el olvido?

Cuando muy chica me llevaron a los campos, recuerdo muy bien lo que se nos dijo en Majdanek, aquel  que por su cercanía a Ukrania no alcanzaron a destruir los Nazis y el cual hasta la fecha se mantiene como testimonio de los horrores del genocidio sistematizado de esos tiempos. “Ya hay gente que niega lo que pasó aquí y cuando ustedes sean adultos habrá más. Mucha más. Cuenten lo que vieron hoy, porque jamás hay que olvidar”.  Treinta años después eso es exactamente lo que está pasando, y aunque entonces nos parecía imposible pensar que eso fuera cierto (ahí está la ropa, las maletas, los lentes, todo lo que le despojaron a los asesinados en las cámaras de gas) hoy en día sabemos que tan fácil viaja cualquier teoría de la conspiración.

Con todo esto no pretendo convencer a nadie de nada excepto lo siguiente. Lo que se nos dijo ese día a muchos adolescentes un tanto asustados. “No sean cómplices del olvido”.  Hoy lo retomo, ya parada en la playa de Omaha en Normandía imaginando ese día. Pensando en esas caricaturas del museo que fueron tan difíciles de ver, pero nunca hay que dejar de hacer por más incómodo que nos resulte. Aterrizando en nuestra realidad en México, y sin pretender hacer ninguna comparación específica me quedo con esto: seguir dividiéndonos en bandos, en los buenos y en los malos, los chairos y los fifís, lo que sea que se haga con intención política de separarnos cumplirá su efecto: nos vencerá. No caigamos en discursos de ese tipo, por favor. Y sí, le suplico a la generación de cristal y a los que nos hemos contagiado de sus susceptibilidades: No busquemos espacios seguros en la ignorancia. La vida es difícil. Solo con conocimiento podemos pretender encontrar un lugar donde estemos a salvo de los discursos que dividen y de nuestra reacción, que el miedo a ellas provoca.

NO SEAMOS CÓMPLICES DEL OLVIDO.


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