Jun 6 • 5M

La envidia es tristeza del bien ajeno

Es importante pensar en cómo nos podemos defender de la envidia, qué la mitiga, qué la aumenta y el impacto que tiene en la cercanía y en la profundidad de nuestros vínculos.

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Vale Villa

Las vidas idealizadas de los otros mientras yo no tengo nada. Los otros tienen todo lo que yo no tengo. Casi no tengo nada que valga la pena. Entonces la envidia proviene en parte del sentimiento de no ser suficiente. 

A la mayoría de las personas les repugna aceptar que sienten envidia y lo niegan, aunque se quejen cuando en el trabajo, promueven a alguien más que es menos inteligente que ellas. O cuando a otros les va mejor. O cuando hablan de otros más bonitos, delgados, simpáticos, exitosos, mejor vestidos, con hijos mejores, más inteligentes y modelos de conducta. 

Es importante pensar en cómo nos podemos defender de la envidia, qué la mitiga, qué la aumenta y el impacto que tiene en la cercanía y en la profundidad de nuestros vínculos. Si es muy intensa, se da un alejamiento de aquellos que tienen una mejor vida que la nuestra o algo que no tenemos y ellos sí. Parece que la única forma de protegerse es alejarse, pero alejarse es construir muros en vez de tender lazos y el aislamiento nunca ha solucionado nada y es casi siempre fuente de desolación.

La definición que da el diccionario de la lengua española de la palabra envidia dice que es “tristeza o pesar del bien ajeno. Deseo de algo que no se posee”. Si atendemos a esta definición, no existe envidia de la buena y es solo un modo de hablar para encubrir la hostilidad, la agresión y hasta un poco del odio que siempre son parte de la envidia. 

En el catolicismo la envidia es un pecado capital. Envidia provoca que Narciso sepa lo que es el amor no correspondido. Dante, en la Divina Comedia, pone a los envidiosos en la tercera cornisa del purgatorio: tienen los ojos cosidos para que no vuelvan a mirar con mal. La envidia de Yago, en Otelo, desencadena celos, intriga y tragedia. Hay una carga moral de desaprobación hacia la envidia, por eso es un sentimiento tan difícil de reconocer.

Melanie Klein escribió Envidia y gratitud en 1957, obra en la que distingue los celos que se dan entre tres personas, de la envidia que se dan entre dos: dolor y odio porque el otro posee bienes o cualidades que admiramos.

Cuando hay relaciones de dependencia, la envidia suele aparecer con mucha intensidad. Eso que tiene el otro que es tan importante o cercano para mí, también lo debería tener yo. La envidia dificulta que aceptemos lo que los otros nos ofrecen, propicia el aislamiento e impide el desarrollo de la generosidad y la gratitud y puede llevarnos a dañar o a herir a quien amamos. Es un derivado de la pulsión de muerte, el instinto que nos hace proclives a destruirnos o a destruir a otros. 

La envidia disminuye cuando el acto de compartir se hace con placer, no se busca la superioridad cuando damos y cuando se reconoce que es difícil recibir pero se hace un esfuerzo para hacerlo con buena actitud. 

La envidia se siente como hostilidad, enojo, competencia, rivalidad, ambición de querer lo que el otro tiene, hasta el extremo de desear dañar sus cualidades.

Algunas personas solucionan su envidia idealizando al otro que envidian, poniéndolo en un pedestal para que no haya competencia o comparación posible. También se autodevalúan para afirmar que jamás podrían parecerse a esa madre perfecta o a esa amiga envidiable.

A veces se gestiona la envidia teniendo amigos o pareja de un nivel económico o cultural más bajo, para estar en la posición de mayor poder.

Nunca hay envidia de la buena. Nunca es amorosa o bondadosa porque es dolor del bien ajeno. Quizá al decir envidia de la buena, se está haciendo un esfuerzo por contenerla en un vínculo cercano y para no hacer daño. 

Detrás de la envidia hay una experiencia de un yo desposeído, carente, humillado, que es la condición narcisista para la envidia inconsciente. Es importante que los pacientes en terapia se hagan cargo de su destructividad al analizar la envidia y la sensación de carencia que la origina. Si el paciente se siente defectuoso, impotente, abandonado, maltratado por el destino, tendrá una tendencia a la envidia mucho más fuerte. En terapia se contienen todas estas fantasías, se confronta la capacidad destructiva en vez de negarla y se trabaja en la posibilidad de sentir amor como equivalente de preocupación, cuidado, reparación y gratitud. Estos sentimientos son antídotos para la envidia.

@valevillag


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