Por Pamela Cerdeira
Un presidente que se burla de quien lo critica, ataca a quien lo cuestiona, amenaza a adversarios, hace chistes malos, sueña con eternizarse en el poder, se asume como lo mejor que le pasó a su país, habla desde la superioridad y la grandeza, reduce todo a consignas y termina pareciendo más payaso que jefe de Estado. Levanten la mano quienes, con esta descripción, no saben si hablo de Maduro o de Donald Trump. Son inquietantemente parecidos.
No logro ordenar mis emociones frente a Venezuela: cae el dictador, qué bien; queda en manos de otro dictador, fuck. Y también incomoda la postura del mundo. Una bola de líderes que se rasgan las vestiduras denunciando la violación al derecho internacional por la intervención, pero que guardaron silencio ante los abusos y violaciones del régimen. Sí: se puede y se debe estar indignado por ambas cosas. El problema es que la indignación y la denuncia suelen ser selectivas, funcionales a intereses económicos e ideológicos.
En este discurso sobre el intervencionismo hay algo que se omite con comodidad: cooperar con regímenes autoritarios también es intervenir. Sostener económicamente a un dictador es igual de reprochable.
La mala noticia para América Latina es que la ausencia de liderazgo regional fue el espacio que aprovechó Donald Trump. El golpe de realidad para el mundo es el costo altísimo de ignorar lo que parece no afectarte.
Mientras los liderazgos chavistas que aún siguen en pie sepan darle a Trump lo que quiere, el resultado para los venezolanos será el peor de todos: el poder en manos del mismo grupo criminal, ahora con el respaldo de Estados Unidos. Y entonces no habrá quién saque a ninguno de los dos.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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