Por Paz Austin

El próximo domingo, más de cien millones de personas en Estados Unidos sintonizarán el Super Bowl. En las pantallas, Bad Bunny —el máximo estandarte actual del orgullo hispano— se adueñara del medio tiempo. Las barras de los bares y en las casas, deben tener listo todo para preparar las margaritas y los shots de tequila. Parecería el triunfo definitivo de la cultura latina; sin embargo, detrás del brillo de los reflectores, el tequila nos está gritando una realidad mucho más incómoda: el miedo ha vuelto a sentarse a la mesa.

Como experta de bebidas tradicionales mexicanas y políticas públicas para el sector , siempre he sostenido que nuestros vinos, tequilas y mezcales no son solo mercancías; son indicadores del bienestar social, siempre se brinda más cuando hay fiesta y celebración. Hoy, el tequila se ha convertido en el termómetro político más preciso de la relación entre México y Estados Unidos.

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