Por Raquel López-Portillo Maltos
Las protestas que sacuden Irán desde fines de diciembre no son simplemente una manifestación más de descontento económico en Medio Oriente. Son, en realidad, la manifestación de un colapso simultáneo de los pilares que sostienen a la República Islámica: el control represivo del Estado, el balance de fuerzas internas y la búsqueda de legitimidad ideológica mediante alianzas. Esta combinación ha convertido a los disturbios en una amenaza existencial para el régimen y, con ello, en un factor de riesgo para el equilibrio geopolítico regional.
En esta coyuntura en particular, vale la pena recordar la raíz donde germinó el descontento. En esta ocasión, la historia no comienza en las universidades ni en las redes sociales, sino en el Gran Bazar de Teherán. El cierre masivo de comercios el 28 de diciembre no fue un mero acto gremial de protesta por una crisis económica. Fue algo mucho más significativo: el voto de no confianza de una élite económica que, durante cuarenta y siete años, fue un pilar fundamental del régimen y que llegó a su límite.
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