Por Renata Roa

Cambiar de opinión no es un acto intelectual, es un acto emocional. Implica riesgo: perder identidad, estatus, coherencia interna o pertenencia a un grupo. Desde la psicología y la neurociencia, el cerebro está diseñado no para buscar la verdad, sino para sobrevivir, proteger la estabilidad y, en ese sentido, confirmar alguna premisa que se ha instalado en la mente como verdad.

El cerebro no investiga como científico, litiga como abogado. Es decir, siempre buscará los argumentos para tener la razón. Le encanta. Y justamente ese puede ser uno de los grandes riesgos cuando nos autosaboteamos: cuando el de enfrente piensa diferente de nosotros y por eso lo vemos como enemigo, o simplemente porque tener la razón a veces sale muy caro en nuestras relaciones más cercanas. No solo por el tipo de conversaciones que podamos tener, sino también por el concepto de las “profecías autocumplidas”, es decir, esa increíble capacidad que tenemos de comportarnos de alguna manera para que la otra persona reaccione justo como pensábamos que lo iba a hacer, o por esas creencias que marcan el potencial que podemos experimentar.

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Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.