Por Renata Roa
Nadie nos entrena para el momento más peligroso de todos: cuando todo empieza a salir bien.
Conozco a una directora: brillante, carismática, de esas personas que entran a una sala y la gravedad cambia. En tres años pasó de liderar un equipo de ocho personas a dirigir una división de cuatrocientas. Los resultados eran impecables. La agenda, imposible. Y, en algún punto del camino, sin que nadie lo dijera en voz alta, dejó de preguntar. Dejó de dudar. Dejó de necesitar que alguien le dijera que estaba equivocada. No porque se volviera arrogante, sino porque nadie a su alrededor se atrevía ya a decirle la verdad.
SUSCRÍBETE PARA LEER LA COLUMNA COMPLETA...