Por Rosa Covarrubias
Hace casi 40 años comenzó mi relación más tóxica: un equipo de fútbol americano. Sin plena conciencia del deporte y, en gran medida, por culpa de un gigante llamado William Perry, empecé a irle a los Osos de Chicago.
Pese a los intentos de mis hermanos por convencerme de apoyar a sus equipos —Delfines y Raiders—, no hubo poder humano que me hiciera cambiar. Incluso, en unas vacaciones, viajé a Austin y conocí al poderoso equipo de los Vaqueros de Dallas de los noventa, sí, el mismo de Troy Aikman. Pero mi corazón ya estaba comprometido.
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