Por Rosa Covarrubias

Es una realidad que el deporte, la música, la danza y el arte en general tienen un poder invaluable dentro de la sociedad. Por ello, los grandes eventos deportivos se convierten en vitrinas para enviar mensajes de diversa índole: algunos con tintes políticos y, en su mayoría, de paz o de concientización sobre temas que involucran a la comunidad. ¿Cuál es la línea entre lo deportivo y lo político?

Regresemos un poco en el tiempo. Hace cuatro años, el 24 de febrero, apenas cuatro días después de la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Invierno de Beijing 2022, Rusia rompió la Tregua Olímpica al invadir Ucrania. La tregua —vigente también porque los Juegos Paralímpicos comenzaban en marzo de ese año— es una tradición que se remonta a la antigua Grecia: un periodo de paz que permitía a los atletas desplazarse libremente. En la década de los noventa, la UNESCO y el Comité Olímpico Internacional la recuperaron con el fin de proteger, en la medida de lo posible, los intereses de los atletas y del deporte en general, aprovechando su poder para promover la paz, el diálogo y la reconciliación.

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Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.