Por Sandra Romandía
La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, no fue un rayo aislado ni una casualidad operativa, fue el resultado de una convergencia. Tres fuerzas distintas terminaron por cruzarse en el mismo punto: el caso del Rancho Izaguirre, la presión política de Estados Unidos y el desgaste interno del propio liderazgo del Cártel Jalisco Nueva Generación.
El primer detonante fue doméstico. El Rancho Izaguirre dejó de ser una denuncia periodística para convertirse en un expediente estratégico; aunque en la narrativa pública el gobierno evitó reconocer plenamente la dimensión del reclutamiento forzado, la esclavitud y los indicios de exterminio descritos por sobrevivientes, puertas adentro la información sí se analizó. Declaraciones ante la Fiscalía General de la República, detenciones posteriores y vínculos institucionales delinearon algo más grave que una finca clandestina: un modelo replicable de captación, entrenamiento y expansión.
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