Por Sandra Romandía

México acaba de enviar a Alejandro Gertz Manero a Reino Unido. Fue ratificado por la Comisión Permanente y rindió protesta el  pasado 26 de enero de 2026: trámite veloz, discusión mínima, oposición ausente o testimonial, y una escena que en cualquier democracia con reflejos sanos habría detonado preguntas más incómodas que protocolarias. 

La pregunta obvia no es si Gertz “puede” ser embajador —en el papel, cualquiera con nombramiento y beneplácito puede— sino qué significa que el gobierno mexicano decida que el exfiscal general sea su rostro diplomático en Londres. En política exterior, las designaciones son telegramas: dicen lo que un Estado piensa de la relación… y lo que cree que puede permitirse.

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