Por Sandra Romandía
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Quienes conocen mi trayectoria saben que no escribo con membrete partidista. He sido crítica del PRI cuando se creyó eterno, del PAN cuando se proclamó distinto, y de Morena cuando confundió mayoría con superioridad moral. He cuestionado a Andrés Manuel López Obrador cuando el poder se volvió catecismo y he señalado a Claudia Sheinbaum cuando el discurso parecía blindaje. Precisamente por eso, febrero merece registrarse. No como aplauso, sino como dato.

En menos de quince días ocurrieron tres movimientos que no son menores: la salida de Adán Augusto López Hernández de la coordinación de Morena en el Senado, la detención del alcalde de Tequila, Diego Rivera Navarro, y la destitución de Marx Arriaga Navarro en la SEP. Tres piezas que, vistas en conjunto, hablan de reacomodo interno y de mensajes enviados hacia dentro más que hacia fuera.

El 1 de febrero de 2026, Adán Augusto dejó la coordinación del grupo parlamentario de Morena y la presidencia de la JUCOPO. Adán habló de “fortalecer el partido rumbo a 2027” y de salir a territorio. Dijo que “habló con quien tenía que hablar”. Lo que no dijo fue que su entorno estaba enrarecido desde el escándalo de Hernán Bermúdez Requena, su ex secretario de Seguridad en Tabasco, señalado como líder de “La Barredora”, célula vinculada al CJNG.

Fuentes a las que tuve acceso en Palacio Nacional me revelan que la decisión no fue improvisada. A Adán se le puso sobre el escritorio lo que podía venir si insistía en mantener poder paralelo dentro de Morena: investigaciones, exposición pública, entrega de información a Estados Unidos. Primero se le permitió capitalizar políticamente la salida de Alejandro Gertz Manero de la Fiscalía, como si se tratara de un movimiento impulsado por él; ese momento lo colocó en el reflector y le dio margen para mostrarse alineado con la presidenta. Según me relatan desde Palacio, ese gesto buscaba congraciarse con Claudia y disipar tensiones. No fue suficiente. Días después vino el ajuste real: la pérdida de la JUCOPO y de la coordinación. El mensaje fue inequívoco: no habría doble centro de gravedad dentro del Senado.

El segundo episodio ocurrió el 5 de febrero. La detención de Diego Rivera Navarro, alcalde de Tequila, acusado por la FGR de encabezar una red de extorsión contra empresarios tequileros y de tener vínculos con el CJNG. Rivera había asumido en octubre de 2024 y durante la campaña Sheinbaum grabó un video respaldándolo: “Este 2 de junio vota por Diego… lo vamos a apoyar muchísimo”.

Desde Palacio me cuentan que hubo advertencias internas: actuar contra el alcalde sería políticamente contraproducente porque existía ese video y la oposición lo explotaría. Sin embargo, la instrucción fue clara: la FGR debía proceder. Desde que Ernestina Godoy encabeza la Fiscalía hay comunicación constante, coordinación estrecha —y sí, subordinación política, aunque la palabra incomode— entre Palacio y la institución. Aún sabiendo el costo narrativo, se decidió avanzar. Morena inició el proceso de expulsión días después.

El mensaje fue más fuerte que el riesgo mediático: no habría blindaje automático.

El tercer acto fue el pasado 13 de febrero, cuando Marx Arriaga Navarro fue destituido como director general de Materiales Educativos de la SEP. Arquitecto de los libros de texto de la Nueva Escuela Mexicana, símbolo del obradorismo pedagógico, Arriaga se atrincheró, transmitió en vivo y denunció “violencia institucional”. Mario Delgado confirmó el relevo; Sheinbaum aseguró que los libros no cambiarían.

Informantes me señalan que la decisión también se discutió en Palacio con preocupación por una posible reacción en Palenque. Arriaga se asumía arropado por el expresidente. Pero el cálculo fue otro: había que enviar una señal interna de que no existen rebeldes intocables, aunque se digan obradoristas puros. La destitución no fue ideológica; fue disciplinaria. Un mensaje para quienes creen que la lealtad al fundador equivale a inmunidad dentro del gobierno actual.

Thomas Hobbes escribió que el poder real es aquel que logra mantener cohesión sin exhibir fractura. Lo interesante de febrero es que hubo fricción interna visible, pero también resolución. No estamos frente a una ruptura con el obradorismo, sino ante un intento de Sheinbaum por afirmar mando propio dentro del mismo proyecto.

¿Es esto una transformación profunda? No necesariamente. ¿Es un ajuste estratégico? Claramente sí.

He sido crítica del sistema en todas sus versiones. Reconocer movimientos inteligentes no me convierte en oficialista; me obliga a ser rigurosa. La política no es un concurso de pureza moral, sino un ejercicio constante de cálculo.

Febrero mostró a una presidenta dispuesta a asumir costos internos para ordenar su casa. Falta saber si ese orden se traducirá en mejores resultados para el país o solo en mayor disciplina partidista.

En México, el poder casi siempre termina pareciendo tragicomedia. Por ahora, Claudia decidió dirigir la obra en vez de dejar que otros escriban el guion. Veremos si el siguiente acto es reforma… o revancha.

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@Sandra_Romandia

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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