Por Silvia Cherem S.

Hoy comienza Rosh Hashaná, una de las fechas más sagradas del calendario judío: el inicio de un nuevo año, un tiempo de recogimiento, oración y esperanza. Y precisamente hoy, mientras numerosas familias se preparan para la festividad, un contingente de alrededor de sesenta personas marchó frente a una de las sinagogas más emblemáticas de la Ciudad de México lanzando una consigna escalofriante:

“¡Fuera judíos! ¡Fuera judíos de México!”

No gritaban contra el gobierno de Israel. No protestaban contra una operación militar ni exigían un alto al fuego. Las consignas estaban dirigidas contra los judíos, contra ciudadanos mexicanos por el simple hecho de ser judíos. Eso tiene un nombre inequívoco: antisemitismo.

Mónica Salmón, una amiga escritora no judía, presenció la marcha mientras desayunaba en un restaurante de Masaryk. Indignada, me envió los primeros mensajes, estremecida por lo que acababa de escuchar. En los videos que grabó y en otros que están circulando, se observa que los manifestantes portan banderas palestinas y mantas con los nombres de sindicatos y agrupaciones políticas de la Ciudad de México. Las imágenes también muestran que fueron trasladados a Polanco en camiones verdes de pasajeros, custodiados por policías, y que un hombre vestido de saco parece indicarles las consignas que deben repetir.

Corresponde a las autoridades definir quién convocó esta manifestación, quién la organizó y quién financió la movilización.

La identidad y la condición social de quienes participaron son irrelevantes. Lo grave es que las imágenes sugieren una movilización organizada para poner en boca de los participantes un mensaje de odio cuyo alcance quizá ni siquiera dimensionan.

Digámoslo con claridad: quien paga u organiza una movilización o induce a otros a gritar “fuera judíos de México”, no está defendiendo al pueblo palestino. Está sembrando hostilidad contra una minoría religiosa mexicana, en un país cuya Constitución garantiza la libertad de culto y proscribe la discriminación.

La libertad de expresión no puede servir de coartada para la intimidación, ni para la incitación al odio o el hostigamiento de una comunidad frente a sus lugares de culto. México reconoce constitucionalmente la libertad religiosa y el derecho de toda persona a vivir sin discriminación por su origen étnico o por sus creencias. Por tanto, cuando un contingente marcha frente a una sinagoga exigiendo que los judíos abandonen el país, se ha cruzado una línea extremadamente peligrosa.

La historia nos enseñó que la violencia contra una minoría no comienza necesariamente con cristales rotos. Comienza cuando se normalizan las palabras. Cuando una sociedad escucha amenazas y decide que no son lo suficientemente graves. Cuando las autoridades guardan silencio y los promotores del odio descubren que pueden avanzar un paso más sin enfrentar consecuencias.

Conocemos demasiado bien esa historia como para ignorar sus señales. Antes de la Kristallnacht —la Noche de los Cristales Rotos— hubo años de propaganda, estigmatización, exclusión y consignas destinadas a convertir a los judíos en intrusos dentro de su propio país.

Los judíos mexicanos no somos extranjeros. Somos parte inseparable de México. Hemos trabajado, creado empresas, pagado impuestos, escrito libros, producido arte, impulsado la ciencia, generado empleos y contribuido, generación tras generación, al desarrollo de esta nación que también es nuestra. No necesitamos demostrar nuestro arraigo ni pedir permiso para pertenecer.

Por eso hoy la pregunta es inevitable:
¿Quién identificará a las organizaciones cuyos nombres aparecen en las mantas? ¿Quién averiguará quién trasladó a esas personas, quién redactó las consignas y quién pagó la movilización? ¿Habrá una condena pública, clara e inmediata, o se intentará presentar lo sucedido como una protesta política más?

Ante un grito tan explícito como “fuera judíos de México”, callar equivale a permitir el odio. El silencio institucional también puede convertirse en una forma de complicidad. Exigir la expulsión de los judíos es antisemitismo; no es la defensa de ninguna causa humanitaria.

Existe una frontera moral y jurídica que ningún sindicato, partido, funcionario o gobierno tiene derecho a borrar. Hoy esa frontera fue cruzada en las calles de la Ciudad de México. Ahora corresponde a las autoridades demostrar, con hechos y no solo con palabras, que están dispuestas a defenderla.

Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.