Por Sofía Díaz Pizarro*

Desde el primer día que lo escuché, me pareció un fraude. No entendía el fenómeno Bad Bunny.

Recuerdo perfectamente el momento en que mi hija, con apenas ocho años, me puso Tití Me Preguntó en la cocina. La canción preguntaba sin pudor cuántas novias tenía el tipo. Le expliqué, con calma y con las palabras justas para su edad, por qué la letra no me parecía un buen ejemplo. Acordamos que sí, que el ritmo era bueno, que era pegajosa. Pero que Bad Bunny no entraría a nuestra casa como referente.

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