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Por Sofía Guadarrama 

Hay hombres que parecen nacidos para el estruendo, como si el destino les hubiera asignado el papel de relámpago en una tormenta que no cesa, como Gerardo Fernández Noroña, el epítome de una política que se ha vuelto teatro, y de un teatro que ha olvidado el texto clásico para entregarse al gesto barroco. El eterno protagonista de la tragicomedia nacional, histrión perpetuo, el indignado profesional, el vocero de una furia que se alimenta de sí misma. Lo suyo no es la política, es el escándalo, la controversia, las infidelidades políticas, el berrinche con micrófono, los gestos teatrales, el insulto como arte performático.

Su tránsito de un partido a otro, todos con la misma intensidad de quien jura que esta vez sí es amor —PMS, PRD, PT, MORENA—, no es la peregrinación de un personaje que busca redención en cada esquina ideológica o la coherencia como virtud. Es un hombre que, de no haber nacido en México, seguramente lo habrían importado desde algún circo para animar las funciones de política barata. Porque, claro, no cualquiera logra hacer carrera a base de berrinches, gritos, insultos y shows mediáticos. Eso, mis queridos ingenuos, es talento nato.

En este autodenominado «luchador social» —título que en su caso funciona como disfraz de carnaval: ruidoso, colorido, y útil para la foto—, el discurso se convierte en máscara, y la tribuna en escenario donde el grito sustituye al argumento. Es el bufón que, sin saberlo, revela las grietas del sistema, y cuya tragicomedia es, al fin, la nuestra.

El Partido Mexicano Socialista fue el último espejo donde la izquierda mexicana intentó reconocerse bajo el cobijo de la Revolución Cubana. Su fundación, en 1987, fue un pegoste de partidos inútiles, con lo cual se confirmó lo que ya se intuía: la palabra «socialista» había dejado de ser útil en los registros oficiales. Duró lo que dura un buen chisme: poco, pero dejó ruido. Su breve existencia culminó en 1989, cuando cedió su registro al naciente PRD, dejando tras de sí una estela de aspiraciones no consumadas. De ese cuchicheo político emergió Noroña, como diputado federal por el Partido Mexicano Socialista, con la furia de quien quiere cambiar el mundo a gritos.

Mientras tanto, desde las orillas del Caribe, Cuba tejía una red de ideas dulcemente peligrosas. El marxismo se volvió canción, el leninismo se disfrazó de esperanza, y bajo palabras como «progreso» se escondía la lenta demolición de la democracia.

En 1989 chapulineó al Partido de la Revolución Democrática (PRD), donde permaneció hasta 2008, cuando se incorporó al Partido del Trabajo (PT), partido que le dio escaños como diputado federal en tres legislaturas desde 2009 hasta 2023, cuando nuestro líder supremo lo obligó a afiliarse a MORENA, si es que quería el premio mayor: la Mesa Directiva del Senado de la República.

Desde los años 90, su nombre comenzó a figurar en el repertorio de la protesta social. Era 1996, y frente a Zedillo, levantó su protesta como quien lanza una botella al mar. Lo encerraron por unos días, pero la celda no logró apagar su fuego, pues no contaban con que López Obrador, entonces mandamás del PRD, iba a meter las manos para liberarlo. Y así, entre gritos, arrestos y rescates, empezó a hacerse famoso. En México, la protesta no siempre transforma, pero sí consagra.

En 2006, tras el fracaso electoral de Andrés Manuel López Obrador, asegurando que el país había sido traicionado en las urnas, José Gerardo Rodolfo Fernández Noroña se tiró de cabeza al caos, como quien ve el incendio y decide echarle gasolina al grito de ¡Fraude! frente al presidente Vicente Fox y al presidente electo Felipe Calderón, en un intento por visibilizar el descontento de su partido y de su candidato. Mientras Noroña hacía ruido, nuestro líder supremo hacía cálculos.

En uno de esos episodios donde la política mexicana se convierte en teatro de lo insólito, Gerardo Fernández Noroña, vocero de la indignación permanente; Jesús Ortega, estratega de la mesura calculada; Horacio Duarte, representante ante el entonces IFE, y Claudia Sheinbaum, portavoz del tabasqueño, elaboraron el montaje de montajes con un ejército de periodistas escoltándolos y un diablito cargando ocho cajas, supuestamente repletas de pruebas del fraude electoral, como si fueran a entregar el Santo Grial de la democracia.

La idea era simple: dejar las cajas en la puerta de la casa de campaña de Calderón, como niños que tocan el timbre en casa desconocida y salen corriendo. Lo que no anticiparon fue que los panistas les pedirían esperar para que, ante el Notario Público 242 del entonces Distrito Federal, Roberto Garzón Jiménez, abriera las cajas en un acto de fe institucional.

Los perredistas aceptaron a regañadientes. Y entonces, el momento cumbre: el notario abrió la primera caja. Vacía. La segunda: también vacía. La tercera: más aire. Las ocho cajas eran puro humo.

Sheinbaum, hábil en el arte de desviar la atención, lanzó una pregunta personal a César Nava, como si con aquel conjuro los titulares del día siguiente pudieran ser distintos: «¡César Nava trabajaba en PEMEX!» El intercambio fue breve, pero sabroso.

El telón cayó cuando Noroña pidió su «diablito» como quien recoge sus dientes tras una batalla perdida. Se fueron sin decir nada, porque en esta tragicomedia nacional, a veces el silencio hace más ruido que el escándalo.

En tiempos de Calderón y Peña Nieto, Noroña se metió en broncas como quien colecciona cicatrices. Aunque muchos lo veían como un loco con pancarta, él sabía que, en este país, si él, en particular, no incomodaba, no existiría. Parte del repertorio habitual del disenso incluía pelearse con la Policía Federal, que lo empujaran, lo sacaran, y él volviera, más terco que nunca. Y cuando le negaron el acceso al último informe presidencial de Enrique Peña Nieto en Palacio Nacional, Noroña no se achicó: se plantó como quien sabe que el espectáculo apenas empieza.

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