Por Sofía Guadarrama Collado
Durante los años sesenta —igual que México— Venezuela parecía haber descifrado la fórmula del progreso. El país apostó por un capitalismo petrolero —igual que México en los 70 con José López Portillo— con un Estado fuerte. El resultado fue un crecimiento económico sostenido, acompañado de inversión pública en infraestructura, educación y salud.
No es exagerado afirmar que Venezuela se convirtió entonces en uno de los países más estables y prósperos de América Latina: el bolívar era una moneda fuerte, la pobreza era baja, y la clase media se expandía como símbolo de modernización. Sí, la dependencia del petróleo ya existía, pero se equilibraba con una gestión fiscal razonablemente buena. El balance de la década es claro: un país en modernización, con expectativas reales de desarrollo.
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